La mitad de los españoles, uno más o menos, cree precipitado hablar con ETA. Rubalcaba, del que se cuenta y no se acaba, recomienda hacerlo poco en público y mucho en privado, ya que la discreción nunca ha sido mala consejera. Es una forma de sensatez. El caso es que muchos españoles, aunque ya no tengan la pistola en la nuca, tienen la mosca detrás de la oreja. Nueve de cada diez considera que la tregua no es creíble mientras haya kale borroka.
Nos ha entrado, a la vez, la duda sobre el alto el fuego permanente y sobre la selección española de fútbol, que fue incapaz de meter un gol a los fornidos y robotizados representantes de la Rusia actual. Recelamos bastante de nuestros políticos y de nuestros delanteros, pero nos habían hecho alimentar esperanzas, que son de poco comer y se mantienen con casi nada. Nos dijeron que no habría más muertos, cosa que hasta ahora se está cumpliendo, y que iba a haber muchos goles. Paz y fútbol.
Las razonables dudas acerca de nuestro porvenir tranquilo y de nuestras posibilidades en el Mundial se entremezclan con dos certezas. Quienes han matado a más de ochocientas personas será difícil que abandonen ese hábito. Tan difícil como convertir una tribu de caníbales en vegetarianos. Tampoco será fácil transformar a los jugadores españoles en extranjeros, que son los que están haciendo grande el fútbol nacional.
Esas dos certezas conspiran contra la esperanza, a la que el padre Rubén Darío veía siempre de color celeste. Sería una pena que se nos murieran de niñas en brazos de Zapatero y de Luis Aragonés. Como se sabe, la esperanza es lo primero que se pierde si no se lleva de la mano.