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Jueves, 1 de junio de 2006
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«¿Qué sabrán ellos?»
Los vecinos de los pueblos cercanos al volcán indonesio Merapi desoyen a los expertos y se niegan a ser evacuados
«¿Qué sabrán ellos?»
Supervivientes del terremoto recogen comida de un helicóptero. / ap
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A tan sólo treinta kilómetros escasos de la zona devastada por el terremoto, en Java acecha otro desastre natural en potencia: el Merapi, el más peligroso de los 129 volcanes activos de Indonesia. Así, mientras el archipiélago de las 18.000 islas continúa sumido en la desolación provocada por el seísmo, cuyo balance de víctimas asciende ya a 5.846 muertos y 22.000 heridos, el peligro de una nueva tragedia pende en el horizonte.

De hecho, desde los campamentos dispuestos para los damnificados por el temblor se vislumbra la amenazadora silueta del volcán, cuyo cráter vomita desde hace algo más de un mes incesantes lenguas de humo de hasta novecientos metros de altura. Con centenares de riachuelos de lava y nubes de ceniza liberados durante los úl- timos días, el riesgo de erupción es tan alto que el Gobierno ha ordenado desalojar las zonas vecinas.

Aunque 24.000 personas han sido ya evacuadas, hay aún quienes prefieren fiarse más de su instinto que de las recomendaciones oficiales y se niegan a abandonar sus casas. Eso es lo que ocurre en Krinjing-Krajan, un pueblo situado a tan sólo cuatro kilómetros del Merapi, cuyos escasos trescientos habitantes han decidido unánimemente permanecer a la sombra (mala) del Merapi haciendo caso omiso a las autoridades.

«¿Qué sabrán ellos? No son nadie para dar consejos porque viven en la ciudad y no conocen el volcán como nosotros», se justificó ayer Sukri, un granjero de 58 años de esta humilde aldea, donde la electricidad llegó hace sólo una década.

Rodeado por un grupo de niños que corretean descalzos, Sukri se refugia a toda prisa bajo el porche de una sencilla cabaña de madera cuando arrecia la lluvia de ceniza procedente del Merapi. En unos instantes en la atmósfera flota un ligero polvillo que lo vuelve todo blanco y que, como se aprecia en la estrecha carretera procedente del cercano pueblo de Babadan, quema sin remedio las tejas de las casas, las hojas de los árboles y los cultivos de los campesinos.

Tierras calcinadas

«Ahora no puedo trabajar porque mis tierras se han echado a perder, pero sólo me iré de aquí cuando ya no me quede nada», afirmó Chitro, otro agricultor de 67 años que ni siquiera se marchó cuando, hace una semana, el Ejército desalojó a un grupo de vecinos. «Se los llevaron a un colegio cinco kilómetros más abajo, pero la mayoría ya vuelve», explicó Marsiti, una mujer de 50 años, mientras contemplaba a varios adolescentes que jugaban al voleibol ignorando la copiosa nevada de ceniza.

De igual modo una anciana pasa de largo cargando en la cabeza un pesado fardo de hierbajos y, un poco más allá, otro joven continúa como si tal cosa sembrando en su plantación de arroz. Pero, ¿es que no tienen miedo a que el volcán estalle de un momento a otro? «Rotundamente no», responden todos al unísono. Una muestra de valor bastante arriesgada, sobre todo porque 66 personas murieron en la última gran erupción del Merapi en 1994 y otras 1.300 perecieron en 1930.

Y es que los vecinos de la zona piensan que, en caso de explosión, pueden echar a correr para escapar de la lava, pero no saben que la mayor amenaza para sus vidas son las nubes de humo, que alcanzan una velocidad de cien kilómetros por hora y transportan una abrasadora masa de aire que llega hasta los seiscientos grados.



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