Un partido, siempre que se den los preceptos de igualdad que lo definen, es un 50-50, y es a su propio transcurrir al que los pelotaris tienen que enfrentarse. Nos encontramos, además, con un partido que, a pesar del color del dinero, soporta un paradigmático equilibrio de salida, lo que lo convierte más aún si cabe en la final. Se enfrentan dos pelotaris que ejemplifican el calificativo. Ambos son muy pelotaris, de esos que son capaces de idear jugadas mágicas, inesperadas, aunque su personalidad sea del todo contraria. De ese contraste es de donde casi con seguridad nacerá el juego.
Mientras que la creatividad de Olaizola II emana del orden, de una plena disposición ante el sentido que en cada momento cobra el partido, la creatividad de Martínez de Irujo emana del impulso. El juego nace en él, no deja acontecer y ésa es su gran arma y su gran debilidad, más aún si el que tiene enfrente es un consumado cazador, que sabe leer como nadie los huecos del oponente.
Martínez de Irujo es, como muchos de los grandes pelotaris, de crecimiento tardío. Hasta los 19 años que pegó el estirón, le ha tocado lidiar con rivales más fuertes que él. Sus posturas de aire, posturas defensivas que en él son de ataque, no son sino recursos originados de esos enfrentamientos y completados ahora con una potencia que por tardía es mucho más eficaz. Martínez de Irujo ya conoce a los fuertes, pega tanto como ellos y encima les sorprende, los deja clavados. Pero esta tarde no le toca un fuerte, sino el pelotari más astuto del cuadro, el campeón.
A Olaizola II también le ha tocado formarse entre grandes. Para hacerles frente, sin embargo, ha preferido observarles y atacar una vez neutralizadas sus armas. Olaizola II está en el juego, es un lector consumado de las condiciones concretas en las que se desarrolla, y probablemente hoy le va a tocar sujetar a su rival.
Martínez de Irujo inunda de peligro la cancha y eso hace que el público se sienta arrastrado por él. Es probablemente además el pelotari con más recursos técnicos, por lo que quizás no esté del todo injustificado un momio tan abultado. «Y encima vencen los de arriba» comentaba un corredor, es decir, incluso con doble a sencillo sigue habiendo más gente que quiere apostar por el aspirante que por el campeón.
A mí, hasta el jueves, me gustaba el colorado. Pensaba que si la paciencia conseguía frenar el impulso éste se tornaría en locura. Ahora, tras haber estado con ambos, algo me dice que no hay freno posible. Todo presentimiento. En estos casos, los únicos análisis fiables son los posteriores. De momento, lo que toca es tomar postura, es decir, mojarse. Así que: azul.