El Correo Digital
Domingo, 4 de junio de 2006
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OPINIÓN
EDITORIAL
Amenaza y esperanza
Mañana se cumplirán 25 años de la descripción de los cinco primeros casos del sida en el mundo. Lo que al principio fue una extraña infección, que en EE UU afectaba especialmente al colectivo homosexual y en Europa masacraba a los heroinómanos que compartían jeringuillas, poco a poco se fue extendiendo hasta convertirse en una de las pandemias que con más dureza han golpeado a la Humanidad. Durante el último cuarto de siglo se han contagiado con el VIH 65 millones de personas, de las que han fallecido 25 millones. Aunque en ningún momento de la historia de la medicina se ha asistido a una carrera científica tan rápida y eficaz en busca de soluciones terapéuticas como la que se ha producido con el sida, la amenaza persiste. Se mantiene en Occidente, donde por fortuna se ha logrado controlar el virus mediante la combinación de fármacos, y golpea con especial virulencia en África, donde la pandemia aún no ha perdido su rostro más mortífero. Se ha avanzado mucho en la batalla farmacológica, un terreno en el que las mejores esperanzas se centran ahora en la inminente irrupción de una nueva familia de fármacos que intentarán impedir la entrada del virus a la célula. Junto a ello, se trabaja en la disminución del número de pastillas que deben tomar diariamente las personas en tratamiento antirretroviral.

Pero no ha sido posible avanzar demasiado en el ámbito de la prevención. El VIH se resiste a una vacuna eficaz. El mecanismo diabólico de infección de este virus ha hecho fracasar hasta ahora todos los intentos. No obstante, la buena noticia en estas latitudes es que, gracias a los tratamientos combinados, en particular al descubrimiento de los inhibidores de la proteasa en 1996, el sida se ha convertido en una enfermedad crónica que permite a los afectados una esperanza de vida cada vez más alta. La potente maquinaria de investigación que se ha desarrollado en torno a la enfermedad ha aportado también un nuevo y más profundo conocimiento del comportamiento en general de los virus, que está siendo aplicado para otras infecciones. El País Vasco no ha sido ajeno a la evolución de la dolencia. A lo largo de este último cuarto de siglo se han infectado 12.000 personas, de las que 5.300 han desarrollado la enfermedad y 3.000 han fallecido. En este contexto, a la espera de lo que pueda deparar la investigación, los éxitos farmacológicos no deben ocultar que la amenaza persiste y la menor relajación, como está ocurriendo de hecho, no conduce más que a ceder parte del terreno conquistado con harto esfuerzo.



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