No importa dónde se produzca, siempre parece la imagen de unos tiburones acudiendo voraces a la carroña. La supervivencia en Latinoamérica es un milagro, el progreso una ensoñación de patera. En las elecciones peruanas tiene uno la sensación de que todos tiran de los extremos, mientras los de dentro discuten. A Chávez le han faltado epítetos contra García, al que ha tachado de ladrón, cómplice del imperialismo... Incluso asegurado que si gana rompe sus relaciones con Perú. Todo ello en el mayor espíritu de respeto a las reglas del juego democrático. Desasnar a cierta clase política debería ser una terapia previa a cualquier asomo de proyecto común de los pueblos iberoamericanos. La libertad es predemocrática, de Asterix y Obelix y los problemas se resuelven a puñetazos, con una poción mágica que les pone. Podría decirse que guardan escrupulosamente las reglas electorales, aunque sobre el escenario más parece que lo que realmente rige son las reglas del marques de Queensbury, padre del boxeo.
En la campaña peruana ha predominado el insulto y la descalificación y más parecían sus políticos preparar el marco de una guerra civil que el escenario de convivencia y esfuerzo compartido para sacar de la miseria a su pueblo. Alan García tiene alma de derrotado y Humala de golpista. El primero parece ir por delante, porque el segundo asusta. Pero como en todos los sistemas de pobres el populismo es un ingrediente venenoso parecido a la amanita muskaria, tiene efectos narcotizantes. El tapado del voto de hoy, donde podía saltar la sorpresa de Humala, eran los más míseros y la oferta más cohesionada, la derecha que arropa a García, envuelto en tules ilusión socialdemócratas, pero con la que tendrá que gobernar, si gana, sin remedio. Ambas soluciones son igualmente terribles. Alan García, aclamado hoy por sus paisanos, dejó el país sumido en la más absoluta ruina entre 1985 y 1990, y al comandante Humala, algunas organizaciones humanitarias le relacionan con numerosos casos de tortura y desapariciones y asesinatos en la población de Madre Mía durante el mandato de Alberto Fujimori. La imagen de Guatemala a Guatepeor se superpone en toda Latinoamérica. Pero el interés de los resultados es otro. Ahora se trata de saber de qué lado cae la tostada, si del de Chávez o Castro o del de EE UU. Cuando la realidad indica que cae siempre del lado de la mantequilla y que, o se produce un seguidismo continuador de las puras esencias de un capitalismo rampante y numerario que produce más pobres o del visionarismo revolucionario de los que creen que el progreso es repartir las tierras, el petróleo, el chocolate y la coca, dar una caña a cada ciudadano y dejarle que pesque libremente en mitad del océano. Así que las campañas se mueven entre la tragedia del hambre y la rechufla de los vendedores de crecepelo. A mí toda Latinoamérica me produce tristeza.