Desplazarse en avión es para muchos algo excepcional, pero para otros, los menos, es mera rutina. Los puentes aéreos se visten de traje, consumen periódicos económicos y manejan maletines de cuero. Cuestiones de trabajo obligan cada día a 3.000 personas a desplazarse entre Bilbao y Madrid. El tráfico es mayor de lo imaginado. Hasta 28 aeronaves parten de la terminal de Loiu rumbo a Barajas, una especie de gigante de cuatro cabezas no apto para despistados. La última, la T-4, fue inaugurada el pasado febrero. Allí va a parar la mitad de los vuelos procedentes de Bilbao. El resto llega a la T-2, como siempre. Lo que a priori es un trayecto semejante, la realidad se encarga de demostrar lo contrario. EL CORREO ha comprobado cómo los pequeños detalles se convierten en grandes diferencias.
El puente aéreo se realiza en días diferentes con las dos compañías que ofertan la conexión: Iberia, que opera en la T-4, y Spanair, que lo hace en la T-2. El periodista vuela con una maleta para verificar la idoneidad de los sistemas de facturación y el tiempo que ello conlleva. De paso, aprovecha para pulsar la opinión de viajeros, personal de tierra y taxistas. Conclusión: si el horario se cumple o el equipaje no se extravía -hecho que merece un aparte-, viajar a la T-4 retrasa en casi media hora el puente aéreo de Bilbao y encarece «cinco euros» el desplazamiento en taxi hasta la capital.
De plaza Moyua a la Puerta del Sol, de centro a centro, el viaje requiere unas tres horas. Y eso que, una vez en el aire, el vuelo se cubre en apenas 40 minutos. Esta es su gran desventaja. Facturación, embarque, maniobras de despegue y aterrizaje, desplazamientos hasta las terminales... Demasiado tiempo perdido.
El primero de los vuelos se realiza un miércoles, a las 12.35 h. Destino, la T-4. Hoy toca Iberia, ida y vuelta. El viaje comienza hora y media antes de la salida. Taxi, facturación de maleta, embarque... Ahora sólo toca esperar. Son las 11.45 h., un buen momento para tomar un café. José Luis e Ignacio, compañeros de trabajo y asiduos pasajeros del puente aéreo, defienden su particular teoría: «Hay que dar su tiempo a la T-4. Quizá se pierde más tiempo, pero también es más grande. De todos modos, nunca se puede hablar con exactitud cuando se viaja en avión: siempre pasa algo que te retrasa».
El cambio de impresiones continúa a miles de pies de altura. «Yo voy a la T-4 porque suelo viajar con Iberia, no porque prefiera esta terminal. Quizá las otras tres sean más manejables, pero todas tienen las mismas pegas», justifica Alberto, un informático de Getxo que viaja tres días a la semana a Madrid.
Las azafatas advierten de que el aterrizaje es inminente. El avión toca Barajas a las 13.22 horas. Siete minutos después, comienza la búsqueda de la zona de recogida de maletas. Coloridos letreros guían a los pasajeros. Éstos, por lo general, se fijan en algún compañero de vuelo y le siguen hasta el destino. De perderse, pensarán, siempre mejor en compañía. Los pasillos se hacen interminables, sobre todo para las personas de mayor edad. Para reducir su impacto, existen numerosas cintas mecánicas. Y es que la superficie que ocupa Iberia en la T-4 equivale a 2,5 campos de fútbol.
El tránsito continúa. «Baje estas escaleras y siga todo recto por la izquierda». Decenas de 'chaquetas verdes' orientan a los pasajeros por la T-4. Encontrada la cinta, sólo falta que la maleta haga acto de presencia. Sin problemas. Minutos después, sobre las dos de la tarde, el taxi se dirige hacia la Puerta del Sol.
El caos de Madrid
La bandera se baja con 1,75 euros. «¿Existe la misma distancia hasta Madrid desde la T-4 que de las otras terminales?». «Qué va -responde el taxista-, calculo que unos siete u ocho kilómetros más. Mira a la izquierda, ahora pasamos por las otras». Para entonces, la pantalla marca ya 7,50 euros. El trayecto hasta el corazón de Madrid ronda la media hora. 27 euros más tarde, el pasajero camina por las inmediaciones de la Puerta del Sol. Son las 14.30 h., es decir, tres horas y media después de emprender el viaje desde la capital vizcaína.
Puestos a sumar, el puente aéreo sale por un pico. Si de por sí el avión es el medio de transporte más caro -el billete de ida y vuelta supera los 300 euros-, a ello hay que sumar los casi 90 euros de taxis -ida y vuelta, dos en Bilbao y dos en Madrid- que el pasajero se deja en el camino.
Pese a todo, las cifras de pasajeros siguen en alza. Durante los primeros cuatro meses del año, 319.225 personas viajaron entre Bilbao y Madrid, 16.000 más que en 2005 y 45.000 más que en 2004. Las cifras no se discriminan por compañías, pero de los 149 vuelos semanales, 80 son de Iberia y 69 de Spanair. Eso sí, en ambos casos, por lo general, la ocupación es muy alta. De hecho, fuentes de Iberia recalcaron a este periódico que «su cifra de pasajeros no se ha visto afectada por su trasvase a la T-4, todo lo contrario».
Viaje a la T-2
El segundo vuelo a Barajas, con Spanair, se realiza dos días más tarde, a las 7.30 h. del viernes. En esta ocasión, el destino es la T-2. Se repite la operación. El desplazamiento hasta Loiu comienza hora y media antes de la salida. Facturación, embarque... Son las 6.45 horas. De nuevo, toca esperar. «Yo soy uno de esos 'anti T-4', prefiero malo conocido que bueno por conocer», asegura José Luis, otro asiduo del puente aéreo.
Mientras apuran sus cafés solos, Andrés y Aitziber, tras decantarse con escaso optimismo por la T-2, muestran su particular visión del transporte aéreo: «Se pierde mucho tiempo, pero ¿qué alternativas tenemos? ¿El coche?». Los dos llevan equipaje de mano. «¿Facturar las maletas? Ni locos», zanjan.
El avión, lleno, despega con diez minutos de retraso. Pese a todo, aterriza en Barajas dentro del horario previsto. Son las 8.25 horas. El equipaje se recoge en la sala 5, situada a sólo tres minutos. La cinta transportadora se activa, pero... En efecto, la maleta se ha perdido.
Una de sus ventajas, siempre que sus instalaciones no ocasionen contratiempos como el anterior, es que la distancia entre la zona de equipajes y la de taxis es mínima. De aquí hasta Madrid, en cambio, el precio ronda los 22 euros. Jesús es de Toledo, taxista desde hace veinte años. Preguntado por las tarifas, no tiene reparos en señalar que el tique es «5 ó 6 euros» más barato que desde la nueva terminal.
La experiencia concluye el mismo viernes, a eso de las 14.30 horas. Ya en Loiu, con la maleta recuperada, las notas del pasajero confirman un comentario generalizado. La T-4 es una obra faraónica, vanguardista, capaz de albergar a 35 millones de pasajeros. Pero necesita tiempo, mucho tiempo.