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Domingo, 4 de junio de 2006
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ANÁLISIS/Lo mejor de cada uno
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Eran las seis y media de la tarde del 28 de febrero de 1985. Estaba de guardia en el servicio de Urgencias del hospital Aranzazu -actualmente Donostia- de San Sebastian, cuando llegó una chica de 23 años. Acudía por fiebre, adelgazamiento, manchas blancas en la boca y muy mal estado general. Estuvo ingresada dos meses y le dimos de alta a finales de abril. Reingresó pocos días después, falleciendo el 22 de mayo. Fue el primer paciente de sida al que atendí.

En los meses siguientes continuaron ingresando enfermos con cuadros similares. Su supervivencia, tras el diagnóstico de sida, no superaba los dos meses y medio. En la primavera de 1985 dispusimos por vez primera de los análisis para diagnosticar la infección por VIH. Entonces nos dimos cuenta de la magnitud del desafío al que nos enfrentábamos: el 61% de los jóvenes que consumía heroína intravenosa eran seropositivos y, para esa fecha, en Euskadi más de 10.000 personas estaban ya infectadas.

Nunca he tenido la oportunidad de tratar a ningún enfermo con antirretrovirales porque en 1987 dejé el hospital de forma temporal para ocuparme del Plan del Sida, aunque esa temporalidad dura casi 19 años. Desde entonces han sucedido muchas cosas, unas buenas y otras no tanto. Quizás la más impactante es el hecho de que 5.300 personas jóvenes han desarrollado la enfermedad, el sida, y que de ellas 3.000 han fallecido.

En el otro lado de la balanza encontramos numerosos aspectos positivos. Nuestra sociedad fue pionera en muchas experiencias innovadoras. En el País Vasco se pusieron en marcha los primeros programas de intercambio de jeringuillas del Estado. Otro ejemplo fue el programa de escolarización de niños seropositivos, tras la problemática surgida con un niño de Durango, que sufrió el primer caso de discriminación infantil por sida.

Pero si en esta reflexión tuviera que resumir lo que supuso enfrentar aquel reto, diría que el sida y el consumo de heroína lograron sacar lo mejor de nuestra sociedad y lo mejor de cada persona. Familiares, afectados, profesionales, voluntarios lo demuestran día tras día desde entonces.



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