El 'todos a una', en esta época de medios de comunicación omnipresentes, intercomunicados y sin límites ni tregua, ya no es un gratificante esfuerzo de colaboración humana sino una pesadilla de cariz totalitario. Me explico: cuando 'todo el mundo' sabe o escucha lo mismo, recibe idénticos estímulos, conoce e ignora lo mismo, se roza lo imposible, lo monstruoso.
Esta especie de 'unidad obligada' -a través de un acontecimiento, como la de una muerte como la de Rocío Jurado, pero también, por ejemplo, sobre el próximo Mundial de fútbol- construye una realidad ficticia que, como un pegajoso chicle, se engancha a la vida de cualquiera hasta el punto de que es imposible -salvo expresa vocación de exclusión social- 'estar fuera' del inducido espejismo. Éste, apoyado en una carga simbólica plagada de promesas, emociones y sentimientos de 'comunión colectiva', cobra progresivamente -si la insistencia es suficientemente contundente y prolongada- las características propias de la realidad más evidente.
Así los espejismos, las fantasías, los sueños y las ficciones tratan de apoderarse de nuestras vidas reales. Y siempre las determinan con fuerza: es la vieja secuencia que trazó Platón con las sombras de su caverna. Pero el filósofo griego estaba lejos de imaginar la fuerza con que los medios de masas manejarían esos espejismos fruto de la fantasía humana y cuáles serían sus consecuencias más pedestres y elementales en la era del espectáculo global.
Leo en este diario cómo los más de 300.000 viajeros aéreos Bilbao/Madrid, desde primeros de este año, experimentan los inconvenientes -en tiempo, dinero u otros- del gigantismo de la flamante terminal T4 de Barajas. Otro tanto sucede con los cerca de 4 millones de usuarios anuales de la ruta aérea Madrid/Barcelona. La nueva terminal madrileña es un exceso, un delirio de nuevo rico, producido por los espejismos que trastocan a los humanos: culto al poder homogéneo, a la 'grandeur' y la autoestima más localista. Más que vocación de servicio a la necesidad -real- de movilidad, intercambio y cosmopolitismo de nuestra época, esa terminal expresa con toda claridad la monstruosidad de un futuro basado en el poder del gigantismo y de un 'todos a una' tan inhumano como inverosímil. No es un caso único: las paradojas de tanto espejismo son el pan nuestro de cada día.