Fue una pena que la carrera y la calidad dramática de Charlotte Rampling quedaran asociadas para siempre a esa poderosa sensualidad de la interpretación en una película de Liliana Cavani, 'Portero de noche', donde el sexo con Dirk Bogarde la convirtió en efigie erótica con gorra y brazalete nazi. Un éxito indudable para una película no del todo inolvidable, sí, pero también una rémora para una carrera que se pudo asentar mejor en la elegancia interpretativa y en la expresividad contenida de una buena actriz.
Más aún, tampoco tuvo excesiva suerte Charlotte Rampling en otras dos de sus principales películas, ya que mientras la precisión en la dirección de Sidney Lumet la acabó oscureciendo en 'Veredicto final', también Nagisa Oshima la desaprovechó en 'Max, mon amour', una comedia de clara impronta buñueliana.
Sin embargo, y tal vez porque la madurez física ya no ayuda a valorar la categoría de una actriz por su capacidad de atracción sexual, ahora Charlotte Rampling parece haber iniciado una segunda vida como actriz, donde cabe no sólo un mayor riesgo interpretativo, sino también un mejor balance entre las cualidades físicas e intelectuales.
Obviamente, la gran maquinaria del cine comercial no otorga demasiados papeles estelares a las actrices ya maduras como Charlotte Rampling, lo cual abre las puertas de un cine algo más riguroso y exigente. Una gran oportunidad, sin duda, para una actriz de mirada inquieta, inteligente y elegante.