Son sólo letras, insisten los directivos de BAA. Y es que el origen de la empresa adquirida por Ferrovial le deja con una herencia nominal que no tiene sentido. Aunque son ya sólo tres letras, la mayoría de los británicos sigue llamando a la compañía con su viejo nombre: la Autoridad de Aeropuertos Británicos.
Ya era un sinsentido en el momento de su creación, en 1966, porque aunque BAA era una empresa pública, no la dueña de todos los aeropuertos británicos, que en su mayor parte eran propiedad de autoridades municipales o regionales. BAA acogía inicialmente cuatro aeropuertos; siete más tarde. Cuando fue privatizada por Margaret Thatcher en 1987, vendió el británico de Prestwick, adquirió intereses comerciales en los de Boston y Baltimore y firmó un contrato para la gestión del de Indianápolis. El año pasado se hizo con un paquete mayoritario en el de Ferihegy, el mayor de Hungría.
Su casi monopolio en el tráfico aéreo en torno a Londres -tres aeropuertos, que representan el 92% de los pasajeros- y Escocia -tres aeropuertos, 86% de cuota de viajeros- es objeto de críticas. La Oficina de Comercio Justo, que investiga prácticas monopolísticas, ya ha anunciado una encuesta sobre la estructura de BAA; un gigante de cuyos aeródromos británicos despegan una media de 1.700 aviones cada día. Es decir, 107 por cada hora en la que están en funcionamiento. O uno cada treinta segundos. Más de 300 compañías de todo el mundo vuelan desde ellos a más de 700 destinos diferentes.
El dilema de Heathrow
Michael O'Leary, propietario de Ryanair, que opera desde Stansted, advirtió ayer que la adquisición por Ferrovial es preocupante porque no rompe, sino que agudiza la tendencia monopolística.
La compañía británica tiene además en sus manos uno de los grandes problemas del transporte en Londres: las vicisitudes del aeropuerto de Heathrow, por el que transitan 67,7 millones de viajeros al año. Allí se construye ahora una nueva terminal, la quinta, para evitar la saturación total.
Pero hay una fuerte oposición a la creación de una tercera pista, que completaría el proyecto de descongestión, pero aumentaría el tráfico de aviones que atraviesan el cielo de la capital británica rumbo al aeropuerto del oeste y perturban la vida y el sueño de millones de londinenses. Un estudio reciente aconsejaba el paulatino desmantelamiento de Heathrow, presentado como una gran calamidad del planeamiento urbano, y la creación de un nuevo macroaeropuerto en los arenales de la desembocadura del Támesis, en el este de Londres. Son patatas políticamente calientes ahora en manos de Ferrovial.