A los españoles nos interesa poco la política nacional y miramos con escepticismo y hasta desconfianza instituciones como el Parlamento y el Poder Judicial. En cambio, descollamos como los europeos más propensos a lanzarse a la calle en manifestaciones en defensa de lo nuestro o en contra de algún proyecto de la administración de turno. La II Encuesta Social Europea (ESE) nos retrata optimistas respecto de las ventajas de la inmigración, satisfechos de servicios sociales como la sanidad pública y, en menor medida, la educación, pero menos conformes con la marcha de la propia vida de lo que cabría esperar.
La ESE es una 'macro fotografía' bienal de las actitudes, los comportamientos y los valores sociales imperantes en el Viejo Continente. Financiada por la Fundación Europea de la Ciencia y la Comisión Europea, su valor radica en la 'comparabilidad' de los datos resultantes de sondeos idénticos, con iguales preguntas y realizados en las mismas fechas en todos los países. La segunda edición, presentada ayer, incluye a 25 Estados de la UE y vecinos, y se elaboró de septiembre de 2004 a febrero de 2005.
Las fechas explican uno de los resultados más llamativos, el que coloca a España como el país europeo cuyos ciudadanos más se manifiestan en las calles, seguido de lejos por Ucrania -en plena 'revolución naranja'-, Islandia, Luxemburgo, Francia y Noruega. Un 34% de los españoles declaraba haber salido a la calle a protestar -en actos autorizados- en los doce meses anteriores, lo que refleja «el grado de contestación que había en la época del Gobierno de José María Aznar», a juicio de Mariano Torcal, catedrático de la Universidad Pompeu Fabra y coordinador nacional de la encuesta. Dos años antes, en la I ESE, el porcentaje de españoles manifestantes era del 18%; con todo, el segundo en el ranking continental que encabezó Luxemburgo.
Ese ardor de 'pancarta' contrasta, sin embargo, con el recelo por la política y los políticos que declaran los ciudadanos de este país. El 28% admite su total desinterés por estas cuestiones -algo menos, no obstante que en 2002, cuando llegó al 34%-, sólo superado por el 39% de Portugal y el 31% de Grecia. Los españoles muestran, además, escasa confianza en los políticos y en el sistema judicial, a los que endosan sendos 'suspensos', con notas de 3,7 y 4,7, respectivamente. El Parlamento sale algo mejor parado, con un 5,1 -en la mitad de la tabla europea-, aunque en los tres casos las notas mejoran algo respecto a la primera encuesta.
Desconfianza histórica
La ESE confirma que los vecinos de los países del norte se comprometen más en acciones políticas o sociales participativas y reivindicativas que los del sur del continente y los del antiguo bloque comunista. La mitad de los islandeses declara haber participado en recogida de firmas o colaborado con asociaciones y colectivos varios, frente al 3% de los griegos o el 1,7% de los eslovenos. Entre los españoles, en la parte media-baja de la tabla, una cuarta parte dijo haber firmado en una campaña, y el 11,6% llevó algún tipo de pegatina o signo distintivo de protesta.
La desafección política de los españoles y su escepticismo obedecen a una «desconfianza histórica», recalcó Torcal. La larga dictadura y la bisoñez de la democracia española se reflejan en «una concepción negativa y unas sospechas poco fundadas sobre lo político y los mecanismos de representación política». Dicho de otro modo, cuanto más tiempo pasan los ciudadanos en democracia, mayor arraigo hay de los valores cívicos y mayor tendencia a la participación social y política. Y viceversa. También operan factores de idiosincrasia nacional. «Los españoles no son activos en participación política, sino reactivos, sólo reaccionan cuando algo perjudica sus intereses», aclaró Fernando Vallespín, presidente del Centro de Investigaciones Sociaológicas (CIS), presente en el acto.
Según la ESE, la inmigración se ve aún con buenos ojos en España. De cero a diez, los españoles califican con un 5,6 la llegada de inmigrantes como 'buena para la economía', y con un 5,1 'porque hace que el país sea un lugar mejor para vivir'. En ambos casos mejoran las notas de 2002, y la valoración de este fenómeno en países como Francia, Alemania, Reino Unido, Polonia y Portugal, entre otros.
Como servicio público, la sanidad española merece elogios generalizados entre sus compatriotas. Recibe una nota del 5,8, superior a la que conceden a la suya en países más prósperos como Noruega, Reino Unido o Suecia. Los más satisfechos con su sanidad son los belgas (7,2). La educación recibe algo peor nota, un 5,3, muy por debajo del 7,9 que dan los finlandeses a la suya, aunque «tampoco estamos a la cola de Europa», aclaró Torcal.
La prosperidad de un país parece incidir bastante en la felicidad de los europeos. Los más satisfechos con la marcha de su vida son los ciudadanos de los estados más desarrollados, es decir, los nórdicos. Por este orden, daneses, islandeses, suizos y finlandeses son los que se declaran más 'felices' -se autocalifican con notas de 8 para arriba- y también evalúan con generosidad la situación económica de sus naciones. En este 'ranking' de la felicidad, España está en el puesto número 12, con una nota apreciable, de 7,1, y una equivalente del 5,2 para la economía del país. Los más pesimistas en ambos aspectos son los habitantes de Ucrania, Eslovaquia y Portugal.