Aquel junio de 1936 Félix Padín cumplía veinte años. No hubo tartas ni regalos, sólo fusiles en alto. Fue voluntario de la CNT desde que estalló la Guerra Civil. Ayer, a punto de cumplir los 90, recordaba con voz entrecortada pero fuerte una de las etapas más duras de su vida. «Éramos sólo un pueblo que salió a las armas», reconoce. Sus ganas de lucha no se apagaron nunca. Ni siquiera durante sus seis años de prisión. «Cuando me cogieron en Basauri pensé que ahí se acababa todo. Era teniente y eso se pagaba caro», relata. «Aún no sé como me salvé. Eso sí, cuando no comes y estás haciendo trincheras para los nacionales lo único que se te pasa por la cabeza es: por qué no me habrán fusilado antes», describe.
José Moreno era aún menor de edad cuando se incorporó a las filas gudaris. «Hoy puedo decir con orgullo que he pasado por todos los montes y campos de concentración de Euskadi», comentaba. A sus 87 años pocas cosas tiene tan claras como que «los judíos tenían marcado un número y a nosotros Franco nos dejó una huella difícil de borrar».
Consciente del papel de las mujeres y niñas de la guerra, Dora Gras prefiere no revelar mucho a cerca de su experiencia. «A mi padre, miembro de la izquierda republicana, le mataron y nos metieron a nacionales en casa. Imagínate lo que se siente», evocó. «Ya es hora de que dejemos de ser, como nos llamaban entonces, los huérfanos de la guerra».