A mí no me cabía la menor duda. No sé si a ustedes. He creído siempre en las meigas y, en consecuencia, me ha resultado fácil convencerme de la existencia de los espías. Es más, me los imaginaba como ahora parecen ser. Secuestraban a personas, les sacaban información, se ponían en contacto con otros colegas de otros países, se cubrían unos a otros, intercambiaban información, facilitaban contactos, y los había asesinos, torturadores, indeseables, en general, lo mejor de cada casa. Luego, al fin de su carrera, generalmente si eran británicos, escribían un libro en el que contaban sus fechorías, con suerte vendían los derechos a Hollywood e inspiraban una película de cine negro que nos parecía una exageración. Pues, bien, resulta que esos excesos eran verdad, que efectivamente habían propinado unas palizas sin nombre a ciudadanos distraídos e ignotos, arrancados de sus hogares y sus vidas para que sacaran de donde no había, o los confinaban en cárceles secretas o les hacían beber orines o les ponían el secador entre las piernas sobre los orines. Algo así como en Abú Ghraib, pero con un menú mucho más cosmopolita e imaginativo y sobre todo, internacional. Decía mi buen padre que lo que no quieras que se sepa, ni lo pienses, ni lo digas, ni lo hagas. Es un poco el resultado de la investigación del Consejo de Europa sobre los vuelos de la CIA: no hay pruebas, ni de detenciones ilegales o extralegales, ni de lugares. No existe una sola mano sobre la masa. Todos son indicios, «hechos convergentes», pruebas de fe. Confirman, con una información inductiva parecida a la del blanco y en botella, mis intuiciones femeninas de siempre, mi fe de carbonero en los fantasmas, los duendes, los asesinos... y los espías. Sólo el 11-S me hizo dudar por un instante, despistó mis esquemas sobre ese mundo. Pero luego comprendí que también en él hay aficionados y primerizos y la CIA, en ese caso, estaba infiltrada por ganapanes y analfabetos, que no hubiesen descubierto ni al asesino de Gila, recuerden: «Hay una asesino entre nosotros, que tiene un cuchillo en las manos, la ropa manchada de sangre, etc., etc.».
Los grandes descubrimientos en el mundo secreto que representan las cloacas del poder han sido consecuencias de grandes errores. Personas que probablemente hubiesen sido excelentes acomodadores, o en plan cachas, inolvidables trapecistas, pero que, por lo que fuere, no los había llamado Dios por el camino de la averiguación, se han comprado una gabardina y se han hecho agentes secretos. Generalmente gentes sin escrúpulos, porque si no habrían estudiado una carrera y no hubieran dedicado la mitad de su vida a lampar, dar o recibir leña. Así que este informe me ha parecido bien, pero no ha conseguido asombrarme.
En cuanto a la colaboración que ahora se pide de los gobiernos resulta también un poco de Gila: ¿Acaso es usted el asesino de este señor, quien ha cometido ilegalidad, transgredido los derechos humanos y divinos? ¿Acaso es usted tan cabrón como parece? Yo creo que habrá que esperar a la jubilación del agente que haya intervenido en el desafuero para verlo en el cine y entonces, como siempre pasa, las reclamaciones al maestro armero. Bush estará marcando vacas en Texas, Schröder con los pozos de petróleo rusos y los suecos con las suecas, como debe ser y así está en los escritos y así está mandado.