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Domingo, 11 de junio de 2006
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VIZCAYA
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Réquiem por un pintor bilbaíno
Hace cien años murió Anselmo Guinea, genial maestro que fue, junto a Adolfo Guiard, uno de los grandes revolucionarios de la pintura vasca contemporánea
Réquiem por un pintor bilbaíno
PRIMER ÉXITO. Jaun Zuria jurando defender la independencia de Vizcaya. / EL CORREO
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Tras una larga y penosa enfermedad, Anselmo Guinea y Ugalde falleció el 10 de junio de 1906. Tenía 52 años. Su muerte se convirtió en una desagradable sorpresa, a pesar de que todos conocían su delicado estado de salud. Algo que se había hecho evidente desde que regresó de Roma en 1905. Su fallecimiento supuso un duro golpe en los ambientes artísticos e intelectuales de la villa. A juzgar por las palabras que desde los principales periódicos del momento se le dedicaron, el impacto por su pérdida fue enorme. Para El Noticiero Bilbaíno, Anselmo Guinea fue un «artista laureado, modesto, inteligente, bilbaíno de pura sangre, que gozaba de grandes simpatías por su carácter afable y su intenso amor á la familia». En El Nervión, que mantuvo esa misma línea de ensalzamiento, se reclamaba que como pintor, «los vascos deben considerarle aún más digno que como hombre, de ser hijo de Euskeria». Y como si se quisiera certificar su grandeza, añadía que los «pueblos que tienen hijos como Guinea, pueden vanagloriarse y estar orgullosos de ellos». Para rematar la particular subida a los altares del pintor, en el mismo diario se señalaba que «Dios ha concedido á los vascos, no sólo la riqueza en las entrañas de la tierra, sino también inteligencias privilegiadas para el arte». Indudablemente, la consideración de Anselmo Guinea era grande.

Cátedra de dibujo

La inhumación del cadáver tuvo lugar en el cementerio de Deusto, al que asistió una nutrida representación de todas las clases sociales. No faltaron amigos, compañeros y representantes del mundo del arte. «Las achas de respeto las llevaban Segui, artista también y compañero suyo en Madrid y Roma; Larrumbide, amigo íntimo y querido; Larrea, compañero en el profesorado de la Escuela de Artes y Oficios, y Plasencia, en representación de la Junta Directiva de este importante centro de enseñanza».

Todas las necrológicas del momento recordaron ampliamente la trayectoria vital del pintor. Sus intensos 52 años habían comenzado en la anteiglesia de Abando, el 1 de abril de 1854. De familia humilde, «nunca sintió -se escribió sobre él en 1911-, en su ser íntimo el menor estímulo de afición que le hiciera concebir una esperanza de felicidad al lado de su buen padre, en el taller de carpintería que éste, en calidad de maestro regentaba». Es decir, que lo de ser carpintero no le atrajo lo más mínimo. Lo que a él le llamaba era el dibujo y la pintura. Algo que debía de hacer muy bien puesto que, a los quince años, sin haber acudido a academia alguna, sus acuarelas eran ya muy apreciadas. Quizás por eso, a la familia le pareció conveniente darle el espaldarazo definitivo y, gracias a la protección y ayuda de don Manuel María de Gortázar, en 1873, marchó a Madrid. Allí siguió estudios en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado que completó con su ingreso en el estudio-taller de don Federico Madrazo. Tan sólo tres años más tarde regresó a Bilbao y obtuvo la cátedra de Dibujo de Figura en la Escuela de Artes y Oficios. Tenía 21 años y ya era todo un maestro. La genialidad vendría en los años siguientes.

1882 le trajo el primer éxito importante. Ganó la Medalla de Oro de la Exposición Provincial de Vizcaya gracias a su cuadro Jaun Zuria, jurando defender la independencia de Vizcaya. El premio le supuso la consecución de sendas becas, otorgadas por las dos Corporaciones organizadoras de la exposición, Diputación y Ayuntamiento, con las que, ¿por fin!, pudo desplazarse a Roma para proseguir con su formación. Su gusto por la escuela clásica era evidente por lo que su estancia en la Ciudad Eterna se le presentó como una oportunidad única. Prueba de que en aquella su primera fase romana ganó maestría y confianza fue su participación, en 1884, en la Exposición Nacional de Bellas Artes de Madrid con el cuadro 'Recuerdos de Capri'. El resultado fue estupendo. Obtuvo una medalla de tercera clase. En 1890, consiguió un nada despreciable tercer puesto en la Exposición Internacional de Barcelona, con el cuadro titulado 'Responso'. A su regreso a Bilbao, en 1894, participó en la Exposición Artística de Vizcaya con tres estupendos cuadros: 'Primavera', 'La Sirga' y 'Selladores'. Ganó una medalla de oro. Fue por entonces cuando realizó un mural para el controvertido Kurding Club, lugar en el que «todo socio puede hacer lo que le dé la gana, mientras no amuele a los demás».

Aires parisinos

En 1896, viajó a París. Allí, la experiencia vivida por Anselmo fue definitiva. Las obras de Manet, Degas y otros pintores del llamado movimiento impresionista influyeron en sus pinceles. A partir de ese momento se produjo un importante giro en su obra hasta situarse en un estadio intermedio entre el clasicismo de su etapa romana y la innovación impresionista impuesta por los aires parisinos. Esta nueva etapa quedó clara de manera inmediata a su vuelta de Francia. En 1897, se presentó a la Exposición Nacional de Bellas Artes de Madrid con un cuadro de gran tamaño -2,65 x 4 metros-, titulado '¿Cristiano!' Su impresionismo ya era evidente. De esta obra se llegó a afirmar que era de lo mejor que se había producido en el País Vasco, además de ser de lo más sobresaliente y soberbio de cuantos cuadros había pintado Guinea. Otras pinturas de esta su etapa más impresionista fueron 'Gente', 'Puente de Roma' e 'Idilio en Arratia'. Entre 1898 y 1899 se produjeron sus últimas participaciones en exposiciones importantes. La primera en Barcelona, donde obtuvo la segunda medalla de la muestra por su cuadro 'Coro', y la segunda en Madrid, a donde acudió con la pintura 'Pascua florida'.

Con la llegada del siglo XX, en 1900, realizó los bocetos para la vidriera del nuevo Palacio de la Diputación que fue ejecutada por F. Rigalt. En 1903, junto a José Echenagusia y Alfonso Alcalá Galiano, pintó varios de los techos del edificio provincial. Finalmente, y como si quisiera hacer un resumen de su vida, viajó a Roma en 1904. Un año más tarde regresó a Bilbao, donde todo acabó el 10 de junio de 1906.



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