Son varias las razones que explican y respaldan la decisión de consagrar una gran retrospectiva a Zaha Hadid en el Museo Guggenheim de Nueva York. La primera alude, como es lógico, al indudable prestigio y actualidad de una arquitecta que hace ya algún tiempo convirtió sus representaciones visionarias en una palpable arquitectura a medio camino entre el racionalismo y la intuición, donde lo fundamental no son tanto las formas, sino los espacios que generan, los efectos de éstos sobre los usuarios y las integraciones derivadas de todo ello. En otras palabras, esta muestra ya no está dedicada tanto a una proyectista devenida en personaje mediático, como a una profesional con realizaciones concretas.
Ahora bien, como quiera que en esa larga investigación de proyectos teóricos e ideológicos Zaha Hadid siempre ha mostrado una notable capacidad de expresión gráfica, no resulta extraño que ahora su discurso expositivo trascienda la clásica muestra arquitectónica centrada en planos y maquetas. En ese sentido, los dibujos, las pinturas, los diseños y hasta las escenografías de Zaha Hadid testimonian una gráfica arquitectónica donde se funden las precisiones matemáticas, las raíces del arte moderno y contemporáneo y las utopías constructivistas y suprematistas de Malevich y El Lissitzky. Unas utopías rusas bien presentes en todas sus inspiraciones iniciales, en fin, lo mismo que la ambigüedad de esta sociedad de la información en sus preocupaciones actuales.