El Correo Digital
Martes, 13 de junio de 2006
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OPINIÓN
EDITORIAL
Acabar con Guantánamo
El suicidio de tres presos en el campamento de Guantánamo -dos saudíes y un yemení- ha vuelto a colocar en el centro de las críticas a la Administración Bush por seguir permitiendo ese limbo jurídico en el que más de 400 'combatientes extranjeros' permanecen a la espera de un proceso legal que nunca llega. Pocas políticas de Washington cuentan con un frente de oposición tan amplio -incluso entre sus fieles aliados británicos- como ese centro de reclusión en suelo cubano. Y, desde luego, la primera reacción de los militares norteamericanos, que calificaron los suicidios no como fruto de la desesperación sino de «acto de guerra asimétrica» contra EE UU, no va a ayudar a que el resto del mundo deje de clamar contra semejante anomalía. El Alto Representante para la Política Exterior y Seguridad Común de la UE, Javier Solana, fue claro ayer al decir que tratar la muerte como «acto de propaganda» es «excesivamente ligero».

Desde su creación tras la guerra de Afganistán, Guantánamo ha sido una vergüenza para el mundo por la flagrante violación de los derechos humanos que sin control alguno se practica en aquellas instalaciones. Y, además, es la peor equivocación estratégica cometida por el equipo de George W. Bush en su guerra global contra el terrorismo. Un error táctico que puede considerarse el precedente de lo que después estalló en Abú Graib y que, lejos de haber conducido a Washington a contundentes éxitos en la lucha antiterrorista -lo que tampoco justificaría su vergonzosa existencia-, se ha convertido en una impagable baza para los fundamentalistas. Guantánamo es el peor lastre para la imagen internacional de EE UU y para su política antiterrorista y difícilmente esa pérdida de credibilidad y legitimidad que le supone a la Casa Blanca se podría justificar por las informaciones conseguidas de los allí retenidos. En la lucha antiterrorista, tan importante como detener y juzgar a los líderes es drenar su base ideológica y su cantera de incondicionales. Que Al-Qaida haya tardado apenas tres días en encontrar al sustituto de su máximo cabecilla en Irak da una idea de lo importante que es también la batalla moral en la derrota del terror.

La Corte Suprema estadounidense debe pronunciarse en las próximas semanas sobre la legalidad de los tribunales militares de excepción creados por Bush tras el 11-S, y es urgentísimo que el Alto Tribunal sentencie cómo abordar un problema que el propio presidente ya ha reconocido que a él también le gustaría solucionar.



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