Hace años aprendí a vivir con el dolor de la injusticia. ¿Injusticia, sí! De los que no nos comprendieron, de los que miraban hacia otro lado, y sobre todo de los que hoy nos exigen que perdonemos, perdón sin condiciones para así aliviar su propia conciencia. Todavía me quedo asombrada cuando oigo decir que no sólo ETA es la culpable de esta situación. ¿Lo seremos las víctimas? Y cuando dicen que mi dolor desaparecerá al instante si perdonamos. Pues se equivocan ustedes, mi dolor no desaparecerá nunca, porque a mi referente de vida, mi padre, le mataron impunemente, y eso no se puede olvidar y difícilmente perdonar.
Yo sólo quiero justicia, esa justicia a la que creo tener derecho; justicia para ver a esos asesinos cumplir las penas por sus delitos; justicia para pensar que mi respeto a la libertad y la democracia ha servido para algo; justicia para que paguen en parte el daño que nos han causado; justicia para que las cesiones no legitimen el asesinato de mi padre. Estoy deseando que la paz sea real, pero en todo y para todos. Nadie tiene derecho a dudar en mi nombre de mis deseos, pero tampoco a poner en tela de juicio mis sentimientos. Cuando los asesinos cumplan las penas impuestas por la justicia y me pidan perdón, tendrán derecho a ser perdonados. No antes.