Hay un momento en 'La condesa rusa', última película hasta la fecha del galardonado cineasta estadounidense, afincado en el Reino Unido, James Ivory, en que uno termina por hartarse de la frialdad expositiva con que está plasmada la peripecia vital de un ex diplomático ciego, asiduo cliente de un sofisticado club de alterne de Shanghai, al que acude una variopinta fauna humana, procedente de las cinco partes del mundo. Decorado utilizado a modo de microcosmos por el puntillista autor de 'Lo que queda del día', sin que en ningún momento deslumbre o apasione con los dimes y diretes de los distintos personajes.
Y, por supuesto, el embrujo brilla por su ausencia en esta atildada 'Condesa rusa', anclada en un marasmo de tipos sesgados, diálogos rimbombantes y 'extras' de guardarropía. Porque a Ivory -con todo su buen gusto- le falta echar más carne en el asador del cine de época, histórico o como quieran llamarlo. No se trata de establecer odiosas comparaciones con otros títulos enmarcados en la legendaria megalópolis china. Ni de exigir que la aquí 'perdida' Natasha Richardson se transforme en la mítica Marlene Dietrich. Pero sí que tuviera más garra, más brío visual, una mayor capacidad de fascinación.
Frustrada y frustrante película, por tanto, más fría que un carámbano, que se estira como el chicle de forma previsible e innecesaria, en un conjunto tan aparente como mortecino. Su máximo responsable, al menos en esta ocasión, olvida que el aburrimiento es la suprema expresión de la indiferencia.