Todos los días, a las cinco de la mañana, Mario Conde se levanta en su celda del Centro de Inserción Social Victoria Kent, que comparte con otros dos reclusos. Una tabla de gimnasia, ducha, desayuno... y, a las siete y media, rumbo a la libertad a tiempo parcial que ofrece el tercer grado penitenciario. A las diez de la noche estará de vuelta. Ese estado, al que accedió el pasado verano, le obliga a dormir en este centro. La única excepción son los fines de semana y los 48 días al año en los que puede disfrutar de un permiso.
Ha perdido muchos kilos - «dice mi mujer que estoy esquelético», reconoce-; y los años, y probablemente la tensión acumulada en su cuerpo, han dejado una huella contundente. Las entradas de la frente han ganado espacio vital a la gomina, y las arrugas de la cara son la prueba palpable de ese dicho que él mismo recuerda: «La cárcel te pone mal color».
Curso de meditación
Pero otra muchas cosas no han cambiado. Refugiado en un chalet en las afueras de Madrid que ha habilitado como despacho, sigue fiel a la hiperactividad que le caracterizó en su 'vida anterior'. Su cabeza no ha cambiado. Sigue intacta la agilidad mental que le hizo merecedor de la mejor nota jamás cosechada en las oposiciones a la Abogacía del Estado en España. Su capacidad de magnífico conversador, también. Pero ya no quiere comerse el mundo. Está de vuelta. Sobre la mesa del despacho, el titulo de un libro, que se nota que es objeto de lectura en los últimos días, resulta muy ilustrativo: «Curso de meditación».
«Ya no quiero conocer más gente -dice en torno sarcástico y con un rictus de cansancio- porque a estas alturas de mi vida estoy, más bien, para que me 'despresenten': 'Mira, éste es fulano de tal. ¿Hala!, ya no le conoces'».
Prefiere mantener bajo el máximo secreto cuáles son sus actividades profesionales o empresariales, que tenerlas las tiene, a sabiendas de que todo lo que toca se convierte en polémica y quizá también en objeto de derribo. Siempre ha sido de esos personajes magnéticos que levantan grandes adhesiones en su entorno, pero también grandes oleadas de animadversión. Todo a partes iguales.
Y, como en el pasado, conserva la capacidad para mandar mensajes cifrados al otro lado de las líneas enemigas. Estira el brazo y de su biblioteca personal extrae un grueso volumen -a ojo puede tener algo más de 1.000 folios- perfectamente encuadernado en un trabajo artesanal. Lo abre distraídamente por la mitad y, sin apartar la mirada de su páginas mecanografiadas, asegura: «Este es el libro de mi vida, de lo que pasó. Aquí lo he escrito todo. Algunas cosas están contadas; otras muchas, no. A diferencia del trabajo sobre Derecho Penitenciario, éste creo que no lo publicaré nunca....¿O sííííí...? Ya veremos».