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El oso del pirineo
La introducción de plantígrados eslovenos resucita el miedo de los payeses
El oso del pirineo
A FAVOR . Imágen de la manifestacion celebrada en Francia en las que partidarios del oso en Pirineos trataron de captar la atención de los ciudadanos. / AFP Y EFE
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Lluis Pí Farré, 84 años, la cabeza cubierta con una visera verde y blanca de Construccions Escarp, observa su rebaño de vacas pirenaicas que pasta en los prados del Parque Nacional de Aigüestortes. Hace unos meses, no muy lejos de este monte, el ganadero encontró un puñado de pelos de oso enganchados a unas zarzas mientras buscaba robellones. «Si viene el oso nos iremos todos los que estamos aquí», dice y la preocupación se le pinta en unos ojos que el tiempo ha descolorido hasta volverlos verdosos, glaucos. «Si se pierde la ganadería -cabecea, la vara de avellano suspendida en la mano- lo hemos perdido todo. Eso es de madre».

Durante los últimos meses, el Pirineo oriental ha asistido, a ambos lados de la frontera, a una guerra abierta entre payeses (o paysans) y conservacionistas. La espoleta ha sido la decisión francesa de repoblar con osos eslovenos el macizo pirenaico tras la muerte a tiros, en noviembre de 2004, de 'Cannelle', la última osa autóctona en edad fértil. «El oso no entiende de fronteras. Más que los daños que pueda causar a las reses, el que anden sueltos por los montes constituye una amenaza para todos. Hay un clima de inseguridad, de alarma social en el Pirineo», resume Esteban Andrés, secretario general de la Asociación de Jóvenes Agricultores de Aragón.

Al otro lado, las cosas no son distintas. «No hay que olvidar que el oso es adorable... de lejos, en una fosa por ejemplo», ha escrito Laurent Greilsamer, redactor jefe de 'Le Monde'. El propio Consejo de Estado francés ha debido intervenir para rechazar la demanda de los ganaderos de montaña que se oponen frontalmente a la reintroducción del oso en los Pirineos. El pasado 1 de abril, la pequeña localidad de Arbas, fue escenario de una violenta manifestación de opositores a la reintroducción de los plantígrados. Estos mismos, camuflados en el bosque, impidieron con sus gritos la mediática puesta en libertad de 'Palouma', la primera osa eslovena transportada a la zona en 2005, y boicotearon la prevista intervención de la ministra de Ecología Nelly Olin. La suelta se realizó, discretamente, esa misma tarde en el vecino ayuntamiento de Burgalays. Tres días después, una segunda osa fue liberada en Bagnères de Bigorre (un nombre bien conocido por los amantes del ciclismo, está en las estribaciones del Tourmalet), en el departamento de Hautes-Pyrenées. François Arcangeli, alcalde de Arbas y presidente de la Asociación para el Desarrollo Sostenible de los Pirineos-País del Oso, hasta ha recibido cartas amenazantes en el país de la politesse. Sus convecinos se han llegado a presentar con reses muertas en el portal de su casa.

En la pura miseria

Los ánimos están encendidos. Lluis Pí sigue con la mirada a sus vacas, del color del café con leche. Son macizas, con músculos de luchador de sumo y culatas reventonas. Un bocado apetecible. Aunque el oso no se atreva con ellas. Tampoco con los paisanos. «Aquí jamás ha atacado a nadie», dice el ganadero. Pero no sólo de ataques muere el hombre. En estas tierras altas, donde las casas tienen el aire de fortalezas germanas de piedra y pizarra, todos saben la desgracia que asoló Casa Marco. Era la postguerra. Miseria y girasoles ciegos. El oso bajó a los prados y acabó con dos crías de yegua, el seguro de vida de la familia. «Les dejó en la miseria», explica Joan Gil, 37 años como guarda forestal. «El oso era un enemigo mortal, el único que podía enfrentarse a la voluntad humana de dominar el monte. El odio ancestral contra él continúa vivo, muy vivo. Aquí todos hemos oído contar de niños leyendas del oso. Es un mito aunque jamás haya matado ni atacado a nadie», resume Jaume Perelada, agente forestal de la Generalitat y uno de los encargados de velar por la fauna y la flora del Parque Nacional de Aigüestortes.

En el valle recuerdan también la historia de Chap, que se topó con el oso cuando conducía a un burranco por el monte. Desde aquel día maldito no volvió a ser el mismo. «Estuvo navegando un tiempo y poco después murió», recuerda Juanito Gil. Y los abuelos relatan todavía a sus nietos, como una fábula de piedra, la odisea de otro vecino del valle que se encontró a un osezno en mitad de un bosque de abetos, en la parte de San Salvador. Lo cogió en sus brazos y se dispuso a llevárselo a casa cuando oyó los gritos de la osa. Trepó a un árbol como una ardilla. Dicen que pasó todo el día allí subido mientras el animal escarbaba a sus pies para derribar su refugio de fortuna. ¿Qué hay de fábula y de verdad en todo ello? «El oso hace un ronquido terrible, cuando lo oyes una vez no lo olvidas nunca», recuerda el vaquero Lluis Pí con el metal de la verdad resonando en su voz de payés. «Aquí le decimos bram, el bramido», completa Juanito, el guarda.

El visitante curioso encontrará en Boí un recordatorio macabro de aquellos días. De lejos, clavado en la puerta de la cuadra del Hotel Pey, asoma algo que parece un guante. Es un objeto grande, peludo, reseco, curtido por el viento seco del Norte y la cellisca. Es la mano de la última osa que vivió en el Vall de Boí, un ser torturado y capaz. Tan difícil de abatir con cepos, lazos y batidas, que los paisanos inventaron una suerte de caballo de Troya para acabar con ella. Escogieron una cabra medio enferma y le llenaron el pellejo de estrictina. Ofrecieron el botín a la osa, que mordió el anzuelo. Su garra queda ahora como recuerdo de ¿otros tiempos?

«Aquí no cabemos todos. Mire, el oso va a ser como poner gasolina en el bosque. Va a acabar de sacar a los animales del monte, se reproducirá mucho matorral y el día que haya un fuego se quemará todo», vaticina Juanito Gil. «Antes había 12.000 cabezas, ahora apenas quedan 800. Y cuando aparezca el oso, -sentencia el guarda Jaume Perelada- los pocos ganaderos que quedan se irán de aquí. Lo peor es que nos lo han metido sin consultar y nadie ha dado ninguna explicación a la gente. Deberían haber contado qué pensaban hacer y cómo... Podíamos haber ido a zonas donde el hombre convive con el oso, como Asturias, para ver cómo lo han solucionado. Esto no son formas, no...»

Santiago Palazón, un funcionario de la Generalitat especializado en el plantígrado, no comparte los planteamientos de los paisanos. Su trabajo es estudiarlos, saber cuántos son (apenas una docena de ejemplares en el Pirineo central), si han criado, dónde hibernan, rastrear sus pasos con los collares emisores Telonics dotados de GPS que algunos ejemplares liberados llevan al cuello. «El oso tiene derecho a estar donde ha estado siempre. Es un emblema de estas montañas y, ecológicamente, -dice- es necesario para el Pirineo. Es un gran dispersor de semillas de los frutos, como hayucos, arándanos y moras, de los que se alimenta. También controla las poblaciones de ungulados salvajes, ataca al herido, al enfermo, al viejo, al débil... Y cuidando el hábitat del oso protegemos muchos animales. Es un depredador necesario de ungulados, el único capaz de acabar con las carroñas que están dentro del bosque y a las que no llegan los buitres. Cumple el mismo papel que el lobo». Otro nombre impronunciable en estas comarcas. Hasta el Pirineo están llegando ya ejemplares venidos desde Italia, colonizadores de nuevos territorios y nueva fuente de conflictos. Sus incursiones causan más daños que los de los osos, que acaban con sus piezas con un zarpazo que les quiebra la columna vertebral.

Atiborrados de arándanos

A estas horas, refugiados en las zonas umbrías de los frondosos bosques de abetos y pinos negros, los osos se atiborran de arándonos y grosellas que arrancan con las zarpas, hozan en hormigueros y desmontan piedras a la búsqueda de gusanos y lombrices. Ataques, pocos. En 2005, la Generalitat gastó 6.000 euros en compensar a los ganaderos por sus razzias. Se pagan 120 euros por oveja muerta y 60 por cada ataque. Este año, de momento, el oso sólo se ha cebado con una colmena en Spot. A los apicultores trashumantes llegados de El Perelló que estos días instalan sus colmenas ambulantes en los prados pirenaicos la Generalitat les proporciona ya cercados eléctricos para espantar a los osos. Y a los pastores les regala "patous', mastines de Pirineos. «Vamos a ayudar a los ganaderos. Con planes de gestión de rebaños, con pastores pagados por nosotros que se encarguen de recoger y custodiar al ganado en el monte», explica Palazón.

Porque la repoblación seguirá, imparable. Este año se han soltado ya cuatro hembras y un macho que han llegado a los Pirineos tras un viaje en furgoneta de 20 horas. Todos han sido capturados en las reservas eslovenas de Jelem y Mevdev, donde hay cerca de 600 ejemplares. Son 'Palouma', 'Francka' y 'Hvala'. «Alguna de ellas podría estar preñada», señala Palazón.

«Hombre, aunque malo para los ganaderos, esto también será bueno para el turismo. Habrá quienes vengan por la curiosidad de ver al oso», explica Luis en Pont de Suert. «Y si no lo ven, que no lo verán, igual tenemos que hacer como los nepalís y recorrer el monte con huellas de Yeti», sonríe en el mostrador de su comercio. En Fos (Francia) ya lo han hecho. El oso es el emblema de la región, producen un tipo de cabrito con denominación de origen y la Maison du Pays de l'Ours ha recibido 5.000 visitas desde su apertura. Los excrementos del oso, sus pelos, los moldes de sus garras... son un reclamo turístico como cualquier otro. Al fin y al cabo, están en unas tierras que han sido siempre suyas. Territorio del oso.

j.mendez@diario-elcorreo.es



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