El Correo Digital
Lunes, 19 de junio de 2006
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OPINIÓN
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Cercados por el Mundial
Un Mundial de fútbol levanta pasiones, rehace naciones, une a los pueblos, rompe las barreras lingüísticas -los árbitros entienden perfectamente el insulto del que son víctimas-, y enriquece, dicho sea de paso, a los fabricantes de cervezas, a los que las venden y a los que hacen las pizzas. Bueno, esto es inexacto. Los que las hacen no ganan mucho y los que las llevan tampoco. Normalmente el que se forra es el dueño del negocio que, como buen empresario, aprovecha la ocasión para ver el partido de turno. Junto a estos salen bastante beneficiados los fabricantes de camisetas y, lógicamente, también 'hace su agosto' el país organizador de tan magno evento. ¿Ah! Y las putas, que se han ido en legión a Alemania para disfrutar y ganarse un buen pellizco gracias a las pelotas.

Sin embargo, si hay algo a lo que va unido irremediablemente una fase final del Mundial de fútbol es, ni más ni menos, que al orgullo nacional. No porque la pasión que enciende la patria imponga hacer las cosas por pelotas -cosa que para algunos, diestros ellos, siempre ha sido, es y será así-, sino porque cuando se trata de hacer alarde de lo propio, nada mejor para restañar las frustraciones de un país que un campeonato mundial de fútbol. El resultado es tan grandioso que uno no cabe en sí mismo. Se superan los límites del individuo y, por unos días, se extinguen las nacionalidades y triunfa, gloriosa, la nación. Todos unidos frente al televisor para ver ganar a nuestro equipo, resumen de todos nosotros: andaluces, gallegos, asturianos, extremeños, madrileños,... Y ¿sí!, también de los catalanes y de los vascos. Precisamente son estos los que recuerdan con cariño que fueron ellos y no otros los creadores de eso que se llama la 'furia española'. ¿Qué cosa tan bonita esta del fútbol! Y encima, para estar más a gustito, hace calor del bueno, para pegarle bien a la cerveza y al cubata.

Pero aún hay más. La verdadera grandeza de un Mundial de fútbol no es sólo que ratifique lo de que la patria unida jamás será vencida, sino que rompe fronteras y nos hermana con multitud de pueblos. Las aficiones se ven envueltas en un proceso orgiástico-deportivo maravilloso. Se salta, se baila, se pintan las caras, se tocan los tambores, se tocan los unos a los otros y hasta algunos se pegan un revolcón mundial con un o una hincha del equipo contrario. ¿Qué cosa tan tierna! Incluso hay chicas y chicos que se ponen medio en pelotas para gozarla todavía más. A estos son, precisamente, a los que enfocan en la tele.

Guste o no, hay razones de sobra para disfrutar del Mundial. Aunque sólo sea para echarle una miradita. Así que, ¿a gozarla! Que una cosa de estas sólo ocurre cada cuatro años. Arrastro el complejo desde que era chinorri. En el patio del colegio se disputaba recreo a recreo una especie de megapartido de fútbol con vocación de eternidad, en el que para formar parte de uno de los imprecisos equipos bastaba con cargar hacia un lado u otro del patio para intentar chutar uno de los varios balones, con que se jugaba a la vez, contra el cambiante número de porteros y las porterías desplazables. Y yo, como jugaba mal y no tocaba apenas bola, me aburría. Y Además, por torpe, me llevaba más de una coz. De mayor, como espectador, no me ha ido mejor. Envidio esa afición que despierta pasiones y que me está vedada, para la que soy más insensible que un gato de yeso. Alguna vez he intentado, al calor de los amigotes, ver con ellos un partido de los emocionantes en un bar, intentando ponerle ganas, y al cabo de un par de jugadas ya estoy distraído y mirando las piernas de alguna de las parroquianas en vez de las de los jugadores. En esas conversaciones de lunes en las que se hace auténtica filosofía del partido del domingo, he de permanecer en silencio porque no entiendo nada ni tengo mínimo comentario que aportar. Ni siquiera he ido en mi vida a un campo de fútbol de los grandes. Casi me da vergüenza confesarlo: ¿no he pisado jamás la Catedral! Espero que no me acaben echando de Bilbao también por esto.

Así que ahora, durante el Mundial de fútbol como centro de todo, me siento especialmente fuera de juego y más perro verde que nunca. Como un leproso medieval golpeando una con otra sus tablillas de san Lázaro para que nadie se me acerque y pueda contagiarse de mi corrupción absentista. El gran Pier Paolo Pasolini dijo: «El fútbol es un sistema de signos, por lo tanto es un lenguaje. Hay momentos que son puramente poéticos: se trata de los momentos de gol. Cada gol es siempre una invención, es siempre una subversión del código: es una ineluctabilidad, fulguración, estupor, irreversibilidad. Igual que la palabra poética. El goleador de un campeonato es siempre el mejor poeta del año». Y yo como un zombi ante este prodigio. Condenado a que el único juego con elemento esférico que me gusta sea la ruleta e incapaz de apreciar más verde que el del tapete para jugar al póquer. Así que estos días permanezco con la tele apagada, consciente de que no soy merecedor de esos cientos de horas de excelso pasatiempo y procuro frecuentar la cómplice compañía de alguna señora aquejada del mismo mal de incomprensión hacia el gran espectáculo. A ver si podemos consolarnos mutuamente de nuestra tara social y cuando todo el mundo grita gol atinamos a pensar en otra cosa.



Vocento