La promesa democrática, la promesa social y cualquier tipo de promesas sirven para mantener en pie la torre blindada de la explotación de las multitudes. Sirve también para acaudillar masas, para gobernar rebaños y esquilmarlos libremente. La gran mentira alienta y sostiene este miserable estado de cosas, es la secular farsa consistente en hacer creer al pueblo que es soberano por el hecho de votar -que no elegir-, pues de esto se cuidan ellos y sus representantes. Es, por tanto, la esclavitud del pueblo obrero fabricada por él mismo sin que se dé cuenta de ello. Mentira, pues, el mensaje que nos puedan transmitir sobre la paz, fraternidad, apoyo, amor... tan en boca de los farsantes de turno.
El sistema económico que padece la Humanidad es un sistema rotundamente fracasado y sin embargo lo defienden y miman tozudamente. ¿Por qué? El capitalismo, cuyas bases fuertes son la Iglesia y el ejército -brazo armado del poder-, no hace examen de conciencia sino balance de cuentas, ya que el gran, su gran negocio, es que existan pobres e incultos a montones para poder legarnos la miseria, la esclavitud, la ignorancia, la prostitución y el servilismo. ¿No esperemos más! ¿Cómo es posible que nos hablen de paz aquéllos para quienes los conflictos, las armas y las guerras son grandes bases donde se asientan sus sucios negocios? El día que desaparezcan las fronteras establecidas por el egoísmo, la avaricia y los intereses perversos, base del enriquecimiento y de la miseria de otros; cuando no existan seres que mueran de hambre, niños explotados y hambrientos que se acuestan sin cenar, hombres que viven de la mendicidad, mujeres obligadas a vender su cuerpo, y cuando la riqueza y el trabajo sean equitativamente repartidos, entonces y sólo entonces se podrá decir: ¿Por fin llegó su día!