Silencio sepulcral en Montmeló. La carrera de MotoGP nace muerta. En el final de su primer largo, cuando las motos ya volaban a a casi 200 kilómetros por hora tras despegar menos de un kilómetro atrás, se plasma la maldición. Lo que nadie quiere -aunque muchas veces se espera-, sucede. Las Ducati de Sete Gibernau y Loris Capirossi impactan lateralmente, cual dos caballeros que buscan sus armaduras en un torneo. Extraño de explicar. Complejo de digerir visualmente. La montonera cobró vida.
Las Desmosedici italianas se despojaron de la atracción de la gravedad. Era mayor su potencial aéreo. Volaron sin sus jinetes. Éstos perdían la noción de lo que iba ocurriendo en diez segundos interminables. El 'strike' no se hizo esperar. En su indefinida trayectoria, Gibernau y Capirossi barrían cuanto se les ponía por delante. El primer bolo derribado fue Marco Melandri. El piloto de Yamaha hizo que hasta los gritos de angustia sonaran ahogados, apenas perceptibles en su box. Su cuello era un acordeón. Costaba hasta mirarlo a través de la televisión. Lo mismo que los brutales impactos de los causantes del siniestro. Casco contra asfalto para Sete y su compañero. Violencia en grado máximo. Cuerpos descontrolados recibiendo toda clase de golpes y torsiones. Pánico a su alrededor.
El derribo continuó con Dani Pedrosa. Se vio sorprendido por el cuerpo de Melandri, transformado en un misil tierra-tierra. Era pasarle por encima o impactar, a su vez, con la Suzuki de Hopkins. No hubo lugar a la elección. El campeón del mundo de 250cc. rodó por la grava, pero se salvó. No era su día negro. No, al menos, para hacerse daño físico. Tampoco De Puniet tuvo contratiempos más allá del orgullo mancillado y el mono ajado. Pudieron volver a tomar la salida.
Hospitalizados
Las nubes de polvo se esfumaron tras marcar cada trayectoria, después de identificar dónde había acabado cada cual. Momentos de angustia. Dos de los cuerpos están inertes. Las asistencias sanitarias y los comisarios de pista vuelan, como segundos antes lo hacían las motos desbocadas. Buscan un aliento, un pálpito, el indicio que erradique la tragedia. Gibernau no se mueve. Melandri tampoco. Capirossi hace un simple amago. Las manos del público acaban amordazando las palabras. Las respiraciones contenidas dan paso, tras lo que pareció una eternidad, a un suspiro liberador. Están heridos, pero los tres siguen en este mundo.
El doctor Costa obra rápido. Es su vida, a lo que está acostumbrado en la Clínica móvil del Mundial. Primeras exploraciones y a los hospitales. Lo mejor, como siempre, es que los tres podrán contarlo.