La victoria del 'sí' al Estatuto catalán ha sido clara y rotunda (73,90%), una goleada al 'no' (20,76%). Es un hecho indiscutible: el Estatuto tiene vía libre, está democráticamente legitimado pese a que los catalanes que acudieron a las urnas apenas llegan al 50%. Es éste un porcentaje que los expertos en estos análisis consideran normal en un referéndum, pero que, políticamente, también significa un toque de atención a los políticos catalanes, que no han conseguido motivar suficientemente a los votantes. Hablando con llaneza: es un hecho objetivo que a la mitad de los posibles votantes no les ha interesado el Estatut y, aparentemente, 'pasan' de este texto legal.
El porqué de esta abstención tiene explicaciones de lo más diverso y que arrancan, seguramente, de los mitos de la reciente historia catalana. Las tendencias de sociedad contemporánea en general no favorecen tampoco, el entusiasmo de los ciudadanos por las consultas. En cualquier caso, una parte importante de los catalanes no ha entendido la necesidad de un texto estatutario, ni siquiera en su parte más comprensible, como es la de la financiación. Se confirma también la indiferencia con la que una gran parte de la población acoge en Cataluña todas las consultas referentes a la autonomía.
Una abstención significativa es siempre motivo de preocupación en la política democrática, por ello los poderes públicos deberían poder promover -con adecuada neutralidad- la participación ciudadana, cosa que, en el caso del referéndum catalán, fue incomprensiblemente prohibida por la Junta Electoral Central, radicada en Madrid. Es necesaria, así mismo, una reflexión seria por parte de estos políticos incapaces de transmitir su propio entusiasmo (positivo o negativo) por una ley que, en líneas generales, otorga mejores instrumentos de gobierno a los catalanes. Una abstención amplia denota divergencias entre los ciudadanos y sus representantes políticos (partidarios del sí o del no) y es un tema de mayor trascendencia, que este resultado ha puesto de relieve. La abstención expresa, por lo general, desinterés por la política y la cosa pública, lo cual afecta directamente a la salud de la democracia. La pérdida de credibilidad de la clase política, en general, se manifiesta también mediante la abstención activa o pasiva (voluntaria o puramente indiferente).
Que la cuestión de la abstención haya generado la primera polémica política no es, por tanto, nada raro. Lo que sí resulta claramente extravagante, oportunista y antidemocrático es que el Partido Popular pretenda sumar la abstención a su poco exitosa campaña por el 'no', en la cual se ha empleado a fondo Mariano Rajoy. Se trata no sólo de confundir a los ciudadanos sino, acaso, de poner en entredicho el resultado, claro y limpio, que han sancionado las urnas. El recurso del PP al Tribunal Constitucional sobre el Estatuto es el broche de oro a un largo proceso de vapuleo a lo catalán y, sobre todo, de deslegitimación de los resultados democráticos. No es fácil digerir los revolcones electorales (que es lo que inicialmente ha hecho ERC a través de las palabras de Carod Rovira) y éste es otro ejemplo de las dificultades de los populares para acomodarse a la pluralidad democrática.
La elecciones autonómicas catalanas de otoño, en las cuales se verá claramente el peso de cada partido, mostrarán realmente cuál es la credibilidad de cada fuerza política. Las explicaciones que cada partido ha hecho del resultado de la consulta del referéndum ya indican la importancia que se concede a la próxima cita electoral. El president de la Generalitat recibe constantes presiones, desde hace semanas, para fijar la fecha de los comicios. Su continuidad como cabeza de los socialistas catalanes es otra de las incógnitas sobre las que se concentran las fuerzas políticas. Que los convergentes intenten impedir que Maragall encabece el cartel electoral, muestra el temor a que su presencia pudiera dificultar lo que algunos estrategas de CiU y de los socialistas (del PSC y el PSOE) parecen preparar: un gobierno de coalición CiU-PSC (una 'grossen coalitionen' a la manera alemana) a la que los comentaristas ya llaman 'sociovergencia' y que da a entender que es Artur Mas el llamado a ser interlocutor catalán del presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero.
La presencia de Maragall como cabeza de lista indicaría, por el contrario, que los socialistas salen a ganar una mayoría suficiente para poder gobernar sin la necesidad del primer partido de la oposición o de ERC. Está por ver si el ministro de Industria, José Montilla, se incorporará finalmente como número dos de Maragall. Los republicanos están también pendientes de la fecha electoral y ello contribuye a apaciguar los 'ajustes de cuentas' internos por la negociación del Estatuto y la ruptura del tripartito. Que Carod haya mencionado comprensivamente en su valoración electoral a quienes han votado «un 'sí crítico' al Estatut» denota tensiones latentes que quizás la perspectiva electoral disimule.
Sea cual sea el día en que los catalanes tengan que elegir sus diputados al Parlamento autonómico, la campaña ya ha comenzado. Con ella se abre un largo año electoral que incluirá, en la primavera de 2007, las municipales que siempre son presagio de las generales.