No puedo menos que solidarizarme con Joseba Arregi a raíz de su reciente magnífico artículo 'Debo de ser anormal', porque, dados los momentos que estamos viviendo en nuestra tierra vasca, muchos nos podemos sentir un tanto anormales. Aunque pienso que en el ambiente hay mucha apariencia, ya que continúa instaurado el miedo a defender esas verdades básicas sobre las que se constituye una sociedad democrática. Pues, ¿cuántos de los ciudadanos que van a diario por la calle no defenderían que «el pluralismo de sentimientos de pertenencia de los vascos es un bien preciado a conservar y desarrollar y no un obstáculo pesado que ojalá dejara de existir», sin el cual nos veríamos abocados inevitablemente a un Estado fascista? ¿Y cuántos otros no habrán caído en la cuenta de esa falsa alternativa «entre respetar y dar voz a las víctimas y/o reservar la capacidad de decisión sobre el futuro político de Eukadi sólo a los representantes políticos», como si se diera alguna incompatibilidad entre mirar al futuro teniendo en cuenta un pasado? A pesar de la dejación que muchos vascos han hecho de esa cualidad que al parecer siempre nos ha honrado como pueblo, denominada 'integridad', a pesar de que en estos días sea tan escasa como la anchoa en el Cantábrico, pienso que nada hay perdido todavía pues somos una minoría silenciosa los que nadamos a contracorriente, una minoría que se puede convertir en mayoría cuando caiga ese miedo subyacente que paraliza a algunos y no les deja volver a la normalidad. Gracias, Joseba Arregi, por dar la cara y continuar siendo esa anchoa tan preciada del Cantábrico.