La 'conexión norte' que enlaza con Francia nuestro sistema de transporte gasista culmina un deseo que había permanecido insatisfecho desde primeros de la década de los 80 y soluciona una necesidad básica de esta importante materia prima energética. La apuesta que efectuó el Gobierno vasco por el gas fue tan novedosa como meritoria. En 1982 no había ni consumo, ni demanda, ni red de transporte ni gas que transportar. La visión de los García-Egocheaga, Salaverri, etc supo anteponerse a esa realidad y sentó las bases de lo que después ha sido un desarrollo espectacular. Pero existía el problema de que los únicos recursos propios se situaban en el litoral, bajo la plataforma Gaviota; y, además de extracción técnicamente compleja, eran escasos.
Prácticamente todo el incipiente consumo de entonces y todo el desarrollo futuro pasaban por un tubo que nos conectaba con la regasificadora del puerto de Barcelona, adonde llegaba desde el profundo sur argelino. Dependíamos, pues, de las tormentas del Mediterráneo y de los albures de una instalación única y, por lo tanto, frágil. Por eso, la conexión con Francia ha sido un afán constante y una necesidad ineludible para mejorar la seguridad del suministro y abrir la puerta a nuevos proveedores.
Desde aquel lejano 1982, cuando nació el Ente Vasco de la Energía, las cosas han cambiado mucho; y, por supuesto, a mejor. Ya antes de la inauguración de ayer, las instalaciones de Bahía de Bizkaia nos habían conectado directamente con el mundo del gas y, aunque el consumo tanto doméstico como industrial ha aumentado de manera espectacular, las preocupaciones de hoy se refieren sustancialmente al enloquecido precio de la termia y a la inquieta evolución del mercado. Para un país pobre en recursos energéticos como el nuestro, la conectividad es una variable clave. Y hoy estamos mejor conectados que ayer. Mejoramos.