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Martes, 20 de junio de 2006
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POLÍTICA
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«Sólo podía mirar las manos que mataron a mi hijo»
La familia de Blanco se encontró por primera vez cara a cara con los presuntos asesinos de Miguel Ángel. «No se atreven a mirarnos, sólo son valientes con una pistola en la mano»
«Sólo podía mirar las manos  que mataron a mi hijo»
TRAGO AMARGO. La madre del edil asesinado se seca las lágrimas durante la vista judicial. / AFP
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Consuelo Garrido pasó el trago más amargo de su vida el 12 de julio de 1997, cuando su hijo Miguel Ángel apareció agonizante en una pista forestal de Lasarte tras dos días de angustioso secuestro. Tenía las manos atadas con un cable eléctrico y dos tiros en la cabeza. Dos balas disparadas desde muy cerca contra un hombre indefenso. Casi nueve años después, Consuelo vivió ayer «el otro peor momento» de su existencia, sólo superado por el dolor infinito de entonces. Por primera vez, la madre se encontró cara a cara con dos de los presuntos asesinos de su hijo. Les separaba un cristal. Ellos charlaban sonrientes y distendidos, ajenos en apariencia a los rostros tensos y desencajados de los familiares de su víctima. Y Consuelo, con los ojos permanentemente humedecidos, sólo podía fijar su mirada en un punto. «Casi no le he mirado a la cara. Sólo podía mirarle a las manos, ¿sabe? Una y otra vez. No podía dejar de pensar que con esas manos le quitó la vida a mi hijo».

De hecho, según la reconstrucción policial de lo que sucedió aquellos interminables días de julio, fue Francisco Javier García Gaztelu, 'Txapote', quien empuñó la Beretta del calibre 22 y la disparó a sangre fría a escasos centímetros de la piel de su víctima. Miguel Ángel Blanco, concejal del PP en el Ayuntamiento de Ermua, empleado como contable en una consultoría de Eibar, miembro de una orquesta que amenizaba bodas y bautizos. Tenía 29 años. Al lado de 'Txapote' se sentaba en la 'jaula' acristalada de la Audiencia Nacional su novia Irantzu Gallastegi, 'Amaia', que presuntamente se quedó en el coche encargada de las labores de vigilancia. Ninguno de los dos etarras pudo sostener la mirada de Consuelo, ni la de su hija Mari Mar, ni la de los amigos y familiares que las acompañaban ayer en la Audiencia.

Ellas aguantaron con entereza las casi cuatro horas que duró la primera sesión de la vista oral, la actitud «chulesca y grotesca» de los acusados, los saludos puño en alto a los testigos ya condenados por su pertenencia a ETA que desfilaron por la sala, los efusivos abrazos y besos que 'Amaia' les hacía llegar desde el otro lado del cristal, la deliberada complicidad de los procesados. Hasta se besaron en la boca. «Mírala, tiene la mano en el hombro de él. Esto no debería permitirse, es intolerable. Más que en un juicio parece que están de copas en un bar», estalló Mari Mar. Cada vez que los acusados desplegaban su exhibición gestual, la hermana del edil insistía: «Luego dirán que están reinsertados...». O también: «Esto es un insulto». También tuvieron que escuchar cómo la secretaria judicial daba lectura a la declaración de Ibon Muñoa, ya condenado por su colaboración en el asesinato, aunque ayer dijo no acordarse de nada. El ex concejal de HB dijo estar «roto psíquicamente» durante el juicio. «¿Ah, y nosotros no?», apostilló Mari Mar. Al término de la sesión, cuando a 'Txapote' ya se lo habían llevado esposado y 'Amaia' se quedó sola en la 'jaula', la pequeña de los Blanco no pudo contenerse más. Con la cabeza alta, miró a la ex integrante del 'comando Donosti'. Apretó los labios. «Asesina, eres una asesina de mierda».

Fue uno de los pocos momentos en los que se desbordó «la rabia, el rencor y el odio» contenidos que embargaban ayer a Mari Mar. Siguió el juicio arropada por su marido, Roberto -que no pudo evitar murmurar entre dientes 'hijo de puta, cabrón, asesino', cuando 'Txapote' apareció por primera vez en la 'pecera'-; por el secretario de Libertades Públicas del PP, Ignacio Astarloa, que la reconfortó en los momentos más duros; y por el presidente de los populares vizcaínos, Antonio Basagoiti. Cuando los acusados asomaron por la puerta blindada, se tapó la boca con las manos. Su padre, Miguel, no se vio con fuerzas para soportar la tensión. Aunque estaba en Madrid, prefirió no asistir a la vista y reunirse después con su famillia. Consuelo y Mari Mar estuvieron en todo momento acompañadas por la portavoz del colectivo de víctimas vascas del terrorismo, Cristina Cuesta, y por miembros del Foro Ermua, que subrayaban, sin despegarse de su lado, la falta de «decoro» de los dos acusados y también su «cobardía». «¿Ha visto como esquivaban su mirada?».

Consuelo tiene su propia explicación para el comportamiento de 'Txapote' y 'Amaia'. «Sólo son valientes con una pistola en la mano», razonaba ayer en uno de los laterales del edificio de la Audiencia, justo después de acercarse a saludar al centenar de personas que esperaban a la salida para mostrar su cercanía a la familia: «No estáis solos». Recordaba entonces Consuelo cómo creyó que no sería capaz de declarar ante el tribunal, en su calidad de testigo de la Fiscalía. «No me salían las palabras de la garganta, estaba muy nerviosa». Pero lo hizo. «Pensé que no iba a poder pero Miguel Ángel y Dios me han dado fuerzas».

«Lo has hecho muy bien»

Y contó cómo su hijo era hombre de rutinas, casi siempre comía en casa y volvía al trabajo en Eibar en el tranvía de las 15.20. Algunas veces llevaba su coche. El día en que ETA le secuestró para chantajear al Gobierno, Consuelo había aprovechado el mediodía para ir a pasear. «Volví a las cuatro y veinte y empezaron las llamadas preguntando por él. Yo les decía, 'pero si Miguel Ángel está trabajando...'. Llamé a todos los hospitales. Nadie me decía dónde estaba. Hasta que me llamó la secretaria del ministro Jaime Mayor Oreja y me dijeron que le habían secuestrado». También le preguntó el representante del Ministerio Público si Miguel Ángel tomaba precauciones de seguridad. «Ni él ni nadie», murmuró entonces la familia. En el momento del asesinato de Blanco la escolta policial no era aún moneda común entre los cargos del PP vasco.

«Lo has hecho muy bien, mamá», le dijo Mari Mar cuando volvió a los bancos del público. Está convencida de que si «los que apoyan el mal llamado proceso de paz» tuvieran que afrontar un momento «tan terrible» como el que ellas vivían ayer, se decidirían a «romper» las conversaciones con los terroristas.

Tras el desenlace, Consuelo pasó un año y medio encerrada en su casa de Ermua, «como en una nube, más muerta que viva». «Lo único que hacía era abrazar todo el día la ropa de mi hijo. Estaba muy mal. O me sacaban de allí o me moría». Por eso, ella y su marido se mudaron a Vitoria, donde hoy intentan llevar una vida normal y se sienten «queridos». «Nunca pensé en marcharme de Euskadi, mis dos hijos nacieron allí y allí hay mucha gente buena, no como estos».

Ahora, Andrea y Leire -las dos hijas de Mari Mar, de tres años y once meses- lo son todo para sus abuelos. «Ellas nos dan la vida». A Mari Mar también. Ella tenía claro que su sitio ayer estaba en la sala de audiencias, por duro que pudiera resultar. «Si por nosotros fuera no saldrían nunca de la cárcel. Tenían que ver que pudieron con mi hermano, pero no han podido conmigo ni con mis padres».



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