Vamos a ver si nos centramos, mi señor Zapatero. Desde aquella promesa mitinera de 2003, «aceptaré el Estatuto que apruebe el Parlamento de Cataluña», ha sido usted un impulsor activo del proyecto, al que ha salvado del naufragio en dos ocasiones: al final de su tramitación en el Parlament en septiembre de 2005 y en la noche de los cigarros largos que vivió con Artur Mas en La Moncloa, hace cinco meses.
El Estatut aprobado el domingo, su Estatut, deroga el texto anterior, el de Sau, que había obtenido un refrendo popular mucho mayor: diez puntos más de participación. Donde aquel alcanzó el 88,15% de los votos, éste, el suyo sólo llegó al 73,9 %. Si el cálculo lo hacemos respecto al total del censo, el texto de Sau contó con el respaldo del 52,62% de los ciudadanos catalanes; el de usted, Maragall y Mas, apenas el 36,5%.
¿Recuerda sus palabras en la tramitación parlamentaria del Plan Ibarretxe?: «Salvo en estos últimos 25 años, nuestra historia constitucional es un recetario de fracasos ( ) Porque normalmente se hicieron constituciones de partido, se hicieron normas políticas con el 51 por ciento, y las normas políticas con el 51 por ciento para ordenar la convivencia acaban en el fracaso (Aplausos) ( ) Lo que expreso en esta cámara es que busquemos el 70, el 80, el cien por cien para una norma institucional básica en Euskadi». (Diario de Sesiones del Congreso, 1 de febrero de 2005).
No se me alcanza la razón, pero para el Estatut se conformaba con mucho menos. Por ejemplo, con alcanzar la participación de 1979. Tampoco ha podido ser y esto es un fracaso: con respecto al Estatuto de Sau, a las encuestas y a sus propias expectativas. También ha fracasado el 'no', y eso me parece lo peor de todo, lo más negativo que se puede decir de este artefacto, que con él no gana nadie: ni el tripartito, ni el gobierno, ni la oposición; que servirá a CiU para volver a la Generalitat i prou. Ni gana Cataluña, ni gana España. Su tramitación se ha cargado un gobierno y ha sembrado de minas el campo de la convivencia entre españoles y entre los propios catalanes.
El Estatut ha quedado aprobado, pero es un fracaso político monumental. El algodón no engaña, presidente. Si esto es un éxito (que baje Dios y lo vea) no hay razón para que usted y su ministro Montilla traten de amortizar a Maragall, premier artífice del suceso. El hecho mismo de su aprobación puso de relieve la primera de sus mentiras. Ésta: «El parlamento de Cataluña, recogiendo el sentimiento y la voluntad de los ciudadanos de Cataluña, ha definido de forma ampliamente mayoritaria a Cataluña como nación». El Estatut era una obsesión de una clase política que no representa a la ciudadanía y un error suyo, presidente, en el que aún parece arregostarse. ¿Y dice que va a aplicar el mismo sentido de la estrategia al estatuto vasco y a la negociación con ETA? ¿Virgen Santa!