«¿Desertar es pecado!», gritaba a gudaris y soldados republicanos el Aita Patxi en el frente del Gorbea mientras acudía de un lado a otro dando extremaunciones a los agonizantes, sorbos de agua a los sedientos y ánimos a los pusilánimes. En mitad de la ofensiva de las tropas sublevadas, el cuerpo menudo de Victoriano Gondra Muruaga, escapularios al cuello, en ayunas para poder comulgar, recorría las trincheras cargado con una maleta de 27 kilos donde trasladaba su altar de campaña y con los distintivos de capellán del batallón Rebelión de la Sal cosidos al hábito.
Es una escena en la vida de este religioso pasionista, nacido en Arrieta (1910) y muerto en el hospital de Basurto en 1974, que podría convertirse en el primer santo del bando republicano, al haber propuesto «motivos de vida cristiana para nuestros días», según el postulador de su santidad. El religioso apocado y humilde del seminario dio paso en la guerra a un cura de carácter, bragado y generoso, dispuesto a jugársela por cualquiera. «Aita Patxi -atestigua Francisco Bilbao, un veterano de la Guerra Civil- andaba de una parte a otra impartiendo los auxilios espirituales a los muertos y heridos. Antes de caer herido por las bombas asistí a una escena escalofriante. Le vi que sostenía en sus manos la cabeza separada del tronco del cuerpo de un muerto. Él, sin hacer caso de las bombas que caían a su alrededor, le rezaba las oraciones».
El cadáver podía ser de uno de sus gudaris o de cualquiera de los soldados republicanos de los batallones Rosa Luxemburgo y Amuátegui que luchaban juntos en la defensa del Cinturón de Hierro de Bilbao. El cura podía sentirse incómodo allí, pero no lo demostró nunca. En el frente, ayudado por el cabo Gurruchaga, de Azpeitia, un músico de la Casa de Misericordia que acabó por pasarse a los nacionales, Aita Patxi lo tuvo muy fácil para dar la espalda a la pesadilla. «Podía haberme pasado mil veces a los españoles si hubiera querido, porque desde Ochandiano siempre quedaba el último, pero no podía desertar porque desertar es pecado y antes morir que pecar», escribió en Egunerokoa, su diario.
Según Hilari Raguer, monje de Montserrat autor de una biografía sobre el sacerdote vasco con prólogo de monseñor Blázquez, Aita Patxi fue «un representante emblemático del clero vasco que estuvo al lado del pueblo en el drama de los católicos vascos en la Guerra Civil. Como cristianos, debían estar con los que estaban con la religión y no con quienes la perseguían, pero como demócratas debían alinearse con la República».
Ante esa disyuntiva, Aita Patxi no dudó. Y se mantuvo fiel incluso después de haber sido hecho prisionero. Le capturó un requeté, un cura ultramontano con sotana que le apuntó con su pistola y le conminó a que le entregara las armas. Aita Patxi le tendió su breviario. Preso ya de los sublevados, lo más fácil hubiera sido (de nuevo) pasarse y cambiar de chaqueta. Pero no. Enrolado en batallones disciplinarios de trabajadores, tuvo en esas circunstancias motivos sobrados para demostrar sus principios.
Doble sacrificio
El obispo de Bilbao y presidente de la Conferencia Episcopal Española, Ricardo Blázquez, escribe: «Antes de que fuera universalmente conocido y admirado el gesto del padre Maximiliano Kolbe, que se ofreció a morir, y efectivamente murió, por un judío padre de familia en Auschwitz, Aita Patxi se ofreció en el campo de prisioneros de San Pedro de Cardeña (Burgos) a morir por un soldado procedente de Asturias que era comunista. Inicialmente le fue aceptado el canje, con sorpresa inmensa de los jefes; cuando después de rezar unos momentos, apareció en su rostro un gozo transfigurado, sintió profundamente que a aquel asturiano con dos hijos pequeños no se le hubiera perdonado la vida a cambio de la suya propia». Así fue. A Aita Patxi le aceptaron el canje, pero, tras ver los oficiales el arrobamiento con que estaba dispuesto a aceptar el martirio, dieron marcha atrás. «Se colocó frente a los soldados, que estaban preparados para cumplir la sentencia, di al piquete orden de estar listos para disparar. Al padre Francisco se le veía feliz y sonriente por morir en lugar del condenado», recuerda en el libro el jefe del pelotón. «Yo no pude contener la emoción y le dije 'padre, ¿retírese!'». El sacerdote vizcaíno, devoto del rosario, volvió a ofrecerse para ser ejecutado por un compañero cuando cavaba trincheras en la Casa de Campo, tras la caída de Madrid. Esa vez tampoco lo logró.
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