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Viernes, 23 de junio de 2006
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OPINIÓN
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Lo que no pudo ser
La renuncia de Pasqual Maragall a repetir como candidato de los socialistas a la Presidencia de la Generalitat en las próximas elecciones autonómicas despeja una de las incógnitas más importantes del panorama político en Cataluña y aporta claves importantes respecto de las dinámicas políticas que se van a ver reforzadas o debilitadas en los próximos tiempos. Con independencia de la discusión sobre las virtudes o los defectos de Maragall, parece evidente que la decisión de no postularse como candidato está directamente vinculada al progresivo y continuado debilitamiento del proyecto político del llamado catalanismo de izquierdas que el mismo ha encarnado y representado dentro y fuera de Cataluña.

Un proyecto ambicioso, que sin dejar de lado los objetivos de la cohesión y la integración social, asumía como desafío propio avanzar en el proceso de construcción nacional de Cataluña, apostando por un modelo de nación basado en la idea de participación, más que en el de pertenencia. Un modelo nacional donde la voluntad, como expresión de lo que se quiere ser, es mejor y mayor título constitutivo que el de la mera razón histórica. Esta reflexión que se utilizaría para la construcción interna de Cataluña, serviría igualmente para abordar la vinculación de Cataluña a España y, por consiguiente, para la discusión del sitio y del papel a jugar por los catalanes en la configuración del poder político en el conjunto del Estado. Es decir, cómo y de qué manera se articula España en cuanto estado plurinacional.

De esta forma el vínculo con el Estado no se fundamenta tanto en la razón histórica cuanto en la necesidad, en las ventajas y en la voluntad de participar de un proyecto común a definir entre todos. Las bases de este proyecto fundamentalmente descansaban en tres pilares: la alianza entre federalistas e independentistas que permitiría desde el gobierno tripartito la dirección política en Cataluña; la consolidación del gobierno Zapatero en la política española como garantía del proceso de transformación del Estado y, por último, la aceptación por parte del PSOE del proyecto que representaba el socialismo catalán, con lo que significaba de reconocimiento del PSC como partido independiente del PSOE y no integrado en este último.

La renuncia de Maragall representa y refleja al mismo tiempo la imposibilidad de continuar adelante con las bases del catalanismo de izquierdas. Han fallado todos los pilares en los que se debía de asentar. Falló la alianza entre federalistas e independentistas que llevó al traste al tripartito y puso de manifiesto la enorme ingenuidad de algunos que no supieron distinguir lo estratégico y lo principal de lo accesorio, permitiendo a CIU hacerse con un espacio y una interlocución que hasta entonces no lo había logrado.

Falló Zapatero, que viendo la profundidad del cambio que venía de Cataluña, entendió urgente reconducir la cuestión a parámetros más tradicionales y que representaba volver a apostar como antaño a un entendimiento con los nacionalistas de CIU. Tampoco el PSOE mostró su disposición a aceptar la nueva realidad que representaba en la política española el catalanismo de izquierdas y movió sus barones, notables y demás recursos fácticos hasta el punto de que lo que pudo ser una nueva realidad hoy es más una realidad confundida y, probablemente, fragmentada.

x.gurrutxaga@diario-elcorreo.com



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