El budismo enseña que la vida es una camino que recorrer. Una senda llena de cruces, donde los sabios pueden ayudar a elegir la dirección correcta, pero que cada uno debe completar por sí mismo. Con la llegada del nuevo siglo, Bután se encuentra en un punto sin retorno en su tránsito a la modernidad. Protegido por montañas de más de 6.000 metros entre China e India, este país ha mantenido su cultura feudal inalterada desde el siglo XII.
Tradición y modernidad. Dos polos entre los que los butaneses mantienen un rumbo intermedio. «Lo importante para un país no debe ser su producto interior bruto, sino su producto interior de felicidad», proclaman las consignas oficiales del monarca butanés ante las seductoras imágenes que reciben por Internet y la televisión, ilegales hasta 1999.
A lo largo de 82 minutos que pasan en un suspiro, el donostiarra Jon Garaño ha conseguido plasmar los sentimientos contradictorios de un pueblo en la encrucijada en un documental que se sirve de elementos de ficción rodado en el ignoto país. Y lo hace con ánimo antropológico a través de dos personajes autóctonos: Namgay, un joven monje budista, y Jigme, un aspirante a discjockey que organiza en su discoteca, el 'Dragon Club', la primera sesión de 'trance' y 'house' del reino, convencido de que por ello ocupará para siempre un lugar en la historia.
Como las dos caras de una moneda que gira sobre una mesa, las vivencias de ambos se van sucediendo de forma que dotan de un ritmo trepidante todo el relato. Namgay, obediente, disciplinado y pausado, sólo sonríe en una ocasión en la cinta; Jigme, «mucho más parecido a nosotros», según el director, conduce un viejo deportivo, con las ventanillas bajadas y su 'techno' a todo volumen.