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Domingo, 25 de junio de 2006
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ECONOMÍA
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Lo tenemos crudo
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Durante millones de años, la paciente labor de la naturaleza ha transformado cantidades ingentes de microorganismos prehistóricos en petróleo. Los antiguos lo consideraban remedio infalible para los más variados males: catarro, diarrea o reumatismo. Más tarde, en el último siglo, esa irrepetible herencia se ha transformado en el bálsamo que ha hecho posible nuestro progreso económico. Todavía hoy representa alrededor del 41% de la energía primaria consumida en los países de la OCDE. En el mundo nos 'bebemos' cada día unos 13.000 millones de litros. Pero esta copiosa ingesta, además de deteriorar gravemente el medio ambiente, condiciona la evolución económica de nuestra sociedad industrial. Algunas de las crisis más severas de las últimas décadas han coincido con fases de brusco aumento de precio del 'oro negro'. Esto explica la preocupación con que ha sido recibida la reciente escalada de sus precios, que está registrando máximos históricos.

A diferencia del pasado, la causa de esa escalada no se encuentra en embargos u otras restricciones impuestas por el cártel de la OPEP. En esta ocasión, ha sido un imprevisto aumento del consumo, promovido por el auge económico de países que, como China o India, son poco eficientes en el uso del petróleo. Esta presión de la demanda ha cogido por sorpresa a los países productores, que han visto cómo su excedente para atender situaciones críticas se reducía al mínimo. Algo a lo que, por otra parte, no es ajena la falta de inversiones acometidas en un sector cuyos riesgos han ido en aumento. Basta recordar los desastres naturales acontecidos en el Golfo de México, la adopción de regulaciones medioambientales y, sobre todo, el clima de tensión que se vive en Oriente Medio. Todo ello ha creado una psicosis de corte en el suministro de crudo, cuyas consecuencias sobre sus precios se han visto amplificadas por los siempre ubicuos especuladores.

Sabemos que el incremento del precio del crudo, además de alentar tensiones inflacionistas, ejerce un efecto negativo sobre el crecimiento económico. Pero si se compara con lo ocurrido en crisis anteriores, ese nexo parece haberse debilitado; al menos, en el área de la OCDE. Esta mayor laxitud está relacionada con los progresos del área en ahorro energético, apertura exterior y flexibilidad económica durante las dos últimas décadas.

De todas maneras, aunque debilitado, el nexo sigue existiendo: el Fondo Monetario Internacional (FMI) estima que por cada 10 dólares de aumento del barril de crudo, al año siguiente, el crecimiento mundial disminuye 0,3 puntos porcentuales y la inflación aumenta 0,25 puntos. Como es lógico, ese impacto difiere de unos países a otros, especialmente si los aumentos no son de carácter transitorio. En general, se considera que el impacto es mayor en la zona euro que en Estados Unidos o en el Reino Unido, debido a la mayor rigidez de sus mercados laborales.

De cara al futuro, todo induce a pensar que, aunque los días del petróleo barato hayan quedado atrás, seguiremos atados a esta fuente de energía. A ello contribuyen las crecientes necesidades del sector de transporte y la entrada de Asia en la escena internacional. Teóricamente, este incremento de la demanda podría ser atendido con las reservas existentes y con la ayuda de la tecnología para ampliarlas. Por desgracia, la mayor parte de las mismas -y las más fáciles de extraer- se hallan ubicadas en el proceloso Oriente Medio. A los riesgos de la zona se unen las prohibiciones impuestas a la inversión extranjera, lo cual siembra serias dudas sobre sus posibilidades para ampliar la capacidad productiva. En estas circunstancias resulta muy aventurado hacer una previsión de precios a largo plazo, aunque alguno de los escenarios manejados por la Agencia Internacional de la Energía los sitúa muy por encima de los actuales.

En este incierto entorno, la posición de España resulta particularmente vulnerable por cuanto nuestra dependencia del crudo es muy superior a la de nuestros socios. Esto se debe a la especialización de nuestra estructura productiva, más sesgada hacia aquellas actividades de mayor intensidad energética. Pero también está relacionada con ineficiencias en su uso, ya que en la mayoría de las manufacturas el consumo por unidad producida es superior al promedio de la Unión Económica y Monetaria (UEM).

La clave, sin embargo, se halla en el transporte, debido al aumento que ha registrado en estos años de euforia económica el parque automovilístico. Cabe esperar, por tanto, que las consecuencias sobre el crecimiento y la inflación sean en nuestro caso más gravosas que en la zona euro. Los efectos directos ya se han dejado sentir en el IPC, el peligro reside en que también se filtren hasta los mercados laborales y de servicios, agravando con ello nuestra creciente pérdida de competitividad exterior.

Para corregir este estado de cosas, el Gobierno ha puesto en marcha una estrategia que gira en torno a dos grandes ejes: diversificación de la oferta y control de la demanda. Por una parte, se desea que en 2010 las energías renovables representen el 12% del total. Por otra, se pretende reducir en los tres próximos años un 8,5% el consumo de energía primaria.

La dificultad estriba en crear los incentivos para que las empresas acometan las inversiones precisas. Un ingrediente necesario para ello es dejar que los costes medioambientales y el aumento de los precios del petróleo se trasladen íntegros a los consumidores. El éxito de estas políticas también requiere que el mercado mundial del crudo se serene, para lo cual sería deseable, tal y como ha propuesto recientemente el Grupo de los Siete (G-7), dotarlo de mayor transparencia. Pero, sobre todo, exige pasar página de la pesadilla de la guerra de Irak, dando una oportunidad a la política en esa conflictiva región del planeta.



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