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Domingo, 25 de junio de 2006
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POLÍTICA
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OPINIÓN/Txapapote
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Hay imágenes simples que, sin embargo, adquieren el carácter de iconos. Imágenes de trazo tan sencillo que se diría están realizadas por la mano de un niño si no fuera porque lo dibujado es la antítesis de lo que, acaso por un exceso de idealismo, solemos relacionar con el mundo infantil. A pesar de su simplicidad, o tal vez por ella, porque resumen la esencia de una realidad tan oscura que resulta ininteligible, hay imágenes que se convierten en símbolo.

Una de esas imágenes es la de García Gaztelu y su jaula interior de cristal blindado. Si el proceso contra Eichmann en Jerusalén puso rostro a la banalidad del mal, el juicio por el asesinato de Miguel Ángel Blanco nos ha permitido visibilizar al idiota moral, aquel que no siente la contradicción. Ni moral, ni política, ni existencial. Concienciagrama plano.

¿Es García Gaztelu la norma en ETA? ¿Es su rostro, su actitud, su idiotismo moral, el rostro y la actitud actuales de ETA? ¿Son otros García Gaztelu, idiotas morales como él, quienes redactan el comunicado del miércoles? Si así fuera, tendrían razón quienes reclaman al Gobierno una revisión radical de su estrategia de superación de la violencia. Si los dirigentes de ETA son incapaces de sentir las contradicciones de su práctica violenta, será imposible avanzar un solo milímetro en el camino de una superación de la violencia sin precio político, que es el único camino posible. Por eso espero que en el juicio contra 'Txapote' no hayamos contemplado nada más que los restos del naufragio de ETA. Que García Gaztelu sólo sea -y ya es mucho- el txapapote que aún sigue vertiendo un barco definitivamente hundido.

Era mucho el odio, la indiferencia, el totalitarismo, que transportaba ETA en sus bodegas. Tanto que no cabe esperar que su hundimiento signifique la desaparición inmediata y definitiva de los efectos que su tóxica carga ha venido produciendo.

Si es verdad que nos encontramos al principio del final de ETA, esto sólo quiere decir que el barco de la muerte habrá llegado al término de su travesía. Pero las consecuencias de su existencia pasada seguirán contaminando nuestro presente y nuestro futuro. Por eso es vital que vayamos rascando todas y cada una de las piedras del solar vasco cubiertas por el txapapote de la violencia para que el idiotismo moral no se convierta en pandemia.

En este sentido, el lehendakari Ibarretxe se ha enfundado, por fin, el mono blanco de voluntario antichapapote. El pasado lunes, al pie del monumento en memoria de las víctimas de Hipercor, pudo escucharse un mensaje solemne en el que, en nombre de las instituciones vascas, pedía perdón por su afrentosa lejanía de las víctimas. Es una lastima que no fuera el propio lehendakari quien lo leyera pues su ausencia devalúa un gesto en sí mismo histórico. Salvando las distancias, que son muchas, es como si el último gobierno afrikaaner recurriera a Nelson Mandela para pedir perdón por el apartheid. Una pena.

Pero el objetivo es hacer retroceder el txapapote haciendo aflorar todas nuestras contradicciones. Aunque sea mediante gestos no exentos de torpeza.



Vocento