Una de las características de nuestro tiempo es la primacía de lo «psi» sobre lo «socio». Las preocupaciones de la mayoría de las personas ya no se inclinan tanto hacia los aspectos colectivos de la vida (la política, el bien general, los problemas de clase o grupo) o los valores relacionados con la comunidad, como hacia aquello que afecta a la esfera particular, y más específicamente a la mejora y el crecimiento personales. El psicólogo y sus sucedáneos han reemplazado al sociólogo que hasta hace unas pocas décadas parecía disponer de las claves para entender el mundo y para indicarnos el camino.
No debería extrañar, pues, que la terminología psicológica se haya incorporado a nuestra habla cotidiana y que muchos de sus términos formen parte del discurso común. De esas palabras nuevas que nos invitan a amueblar nuestro interior en vez de arreglar el mundo exterior, tal vez la más recurrente sea «autoestima». Sin embargo es una palabra incierta: tanto el significado del término como el uso que se hace de él están sumidos en cierta ambigüedad.
Todos damos por supuesto que tener autoestima (y más tenerla «alta») es algo «bueno». Pero si preguntásemos a varias personas distintas en qué consiste ese bien, es probable que las respuestas difirieran considerablemente. Unas asociarán su contenido con la idea del amor propio, otros con la seguridad en uno mismo, o con la tranquilidad de conciencia, o con un estado general de difusa satisfacción... Tampoco los diccionarios ofrecen una definición mínimamente rigurosa. Sirva como muestra el de la Real Academia, para el que la autoestima es la «valoración generalmente positiva de sí mismo», sin más precisiones.
Sea como fuere, el hecho cierto es que asistimos en los últimos tiempos a una cierta mitificación engañosa de la autoestima. Los «consejeros emocionales» de todo tipo, desde los profesionales del diván hasta los orientadores de cursillo y predicadores de manual de autoayuda, animan continuamente a tomar decisiones encaminadas a «elevar la autoestima» como clave del equilibrio mental y psicológico, y vía infalible hacia la felicidad.
Vencer complejos
La autoestima es presentada en forma de bálsamo capaz de curar todos los males. Es la garantía de acierto en las situaciones complejas a las que nos somete la vida, al mismo tiempo que un rasgo de madurez. Sirve tanto para afrontar los reveses como para vencer los complejos, para dominar situaciones de agobio o escapar del fantasma de la depresión y la tristeza. Lo importante -nos dicen- es quererse a uno mismo y no dejarse atrapar por la vergüenza ni por la culpa.
Sin embargo, estas consignas son tan sencillas en la teoría como complicadas a la hora de ser puestas en práctica. Por una parte, la autoestima no es algo que se consiga pulsando un botón que nos haga sacar pecho, levantar la frente y ponernos el mundo por montera. Pero, sobre todo, es que en el caso de seguirlas al pie de la letra presentan el riesgo de conducir a modos de comportamiento erróneos. Usar trucos psicológicos para elevar la moral del deportista puede ser un acertado sistema para activar su euforia triunfalista y con ella la dosis necesaria de adrenalina. Sin embargo, por mucha inyección de ánimo que se quiera aplicar a alguien que es manifiestamente inferior al rival, lo más probable es que pierda el combate no sólo porque se impone la lógica de la cruda realidad, sino porque la autoestima le conduce al exceso de confianza.
Con todo, los abusos de la autoestima se manifiestan en otro orden de cosas. Como ya advirtió Robert Ellis y recuerda José Antonio Marina en 'Aprender a convivir' (ed. Ariel), «perseguir o fomentar la autoestima es un esfuerzo destructivo y los esfuerzos terapéuticos estarían mejor encaminados a conseguir que la gente renuncie a la autoestima». La denuncia del psicólogo estadounidense iba dirigida a la ola de egoísmo y de narcisismo provocada por tantos mensajes de «gústate a ti mismo» o «tú vales mucho» que, más que devolver a las personas su fe en las propias capacidades, las convierten en tercas, intolerantes, satisfechas de sí mismas y propensas a emplear a los otros en beneficio propio.
Y es que la verdadera autoestima no consiste en la sobrevaloración de nuestras virtudes y talentos, sino en la percepción de éstos -junto con los propios defectos- en su justa medida. La alta autoestima no es siempre recomendable, especialmente si omite lo que José Antonio Marina ha llamado el «discurso de la dignidad». Es decir, si se emplea sólo buscando un beneficio propio y sin tener en cuenta la vieja idea de «amor propio» ya propuesta por Erich Fromm cuando vinculaba la autoestima con el respeto de los demás.
De poco sirve quedarse en el nivel psicológico de la autoestima si no somos capaces de prolongarlo hacia un plano ético donde convivan armónicamente los tres sentimientos-clave: el de ser amado incondicionalmente, el de ser valorado por nuestros actos y el de la propia dignidad. La suma de éstos constituye el fundamento de la identidad -y de la aceptación de uno mismo-, y si desaparece alguno de ellos la autoestima deja de ser un valor integral para reducirse a una estratagema psicológica de corto alcance. Pues, más que en el «quiérete a ti mismo», el cultivo de la autoestima se ha de basar en el «respétate a ti mismo».