'Hey! How are you?'. Era una pregunta de cortesía, el clásico 'Hola, qué tal' de cuando te cruzas con alguien en el portal, pero mi vecina frunció el ceño y resultó evidente que aquel 'Ok' era una mentira de cortesía que casi se le atraganta al salir.
«No pareces muy convencida», apunté. No lo estaba. La noche anterior alguien había roto el cristal de su coche y lo había 'limpiado'. Los ladrones suelen tener suerte, y en el caso de mi vecina se encontraron con la cartera, el móvil y la cámara de fotos, además de otras menudencias. «Pero espera, todavía hay más», me preparaba mientras relataba la historia. Su sospecha es que el ladrón era el mismo hombre al que acabó pagándole por su propio móvil. Se diría que después de todo tuvo suerte, porque recuperó lo más importante, pero su cabreo era que, por lo que pagó, que nunca me lo reveló, debería haberle sacado también la cámara digital. «¿O por lo menos la tarjeta de memoria!», se desesperó: «Tenía más de cien fotos de mi viaje a España».
Mi vecina es estadounidense pero se dedica a la distribución de vinos españoles, un trabajo que el mes pasado le dio la oportunidad de visitar nuestro país. Su dominio del español y su conocimiento de nuestra cultura le permitieron negociar con el jeta que esperaba en la puerta del bar donde se encontraba, charlando amenamente con el portero al que una hora antes le había dicho que se había dejado la cartera en el coche, para entrar sin enseñar el carné de identidad. Por supuesto, su versión es que se la había encontrado en la basura ya sin dinero. Se ofreció a acompañarla hasta su coche «por si se lo habían abierto», y hasta le ayudó a limpiar el asiento de los añicos de cristal.
Cuando ella, astutamente, comentó con su amiga en voz alta el gran desavío de perder el móvil del trabajo, con todos los números de la agenda, y prometió recompensar a quien se lo devolviera, el hombre desapareció con un «déjame ver si lo encuentro» y reapareció poco después con la prenda en mano, a la espera de la recompensa.
Era el caso del chorizo a la española, salido sin duda de la Avenida D junto a la que vivo. Yo le llamo la última frontera, porque ni todas las estrategias del ex alcalde Rudy Giuliani lograron «blanquear» esa hilera de viviendas de protección oficial, poblada por guetos portorriqueños y dominicanos desde hace 50 años, cuando Nueva York era el infierno de violencia y crimen que reflejaban las películas de los 80.
No me refiero tanto a los enfrentamientos entre bandas callejeras que recogía 'The Warriors', traducida como 'Los amos de la noche', sino a esos asaltos mezquinos en los que un delincuente común puede acabar de un disparo gratuito con un romance de película como el de Demi Moore y Patrick Swayze en 'Ghost', sólo para robar una cartera que hubiera obtenido sin mayor dilación.
En la calle de la izquierda, la Avenida C, colonizada ya por los bohemios progres del East Village, otro de mis vecinos fue asaltado recientemente a punta de pistola en el cajero, situado a tres puertas de la comisaría, y el supermercado justo en frente amaneció un día abierto, con la sangre del encargado por el suelo y la recaudación del día en paradero desconocido. Como el propio encargado, del que nunca se ha vuelto a saber nada. Durante meses su rostro estuvo pegado en cada farola del barrio, con un cartel que suplicaba una pista para encontrarlo. A estas alturas ya nadie se acuerda de él. En la avenida C sospechan que su cadáver acabó en el Hudson con zapatos de hormigón, y en la D 'radio bemba' especula con que el colombiano orquestó la escena para volverse a casa con la recaudación.
Son las dos caras de la violencia neyorquina; una violencia de la que un reciente informe del FBI dice que se ha disparado últimamente más que en los últimos 15 años. La anglosajona, de gatillo fácil y sin el menor escrúpulo por la vida ajena, y la hispana, en la que el delincuente quiere hacerte pensar que es tu colega, haciendo que tu mayor cabreo venga porque te vio la cara de tonto.
No puedo por menos que acordarme del clásico yonki de Madrid que te da la chapa a la salida del metro con su historia de Carabanchel en busca de «una ayudita», que poco a poco se transforma en una amenaza tan intimidatoria que uno se siente asaltado sin haber visto la navaja. La diferencia es que en este caso ni te atreves a ir a la comisaria por vergüenza, y en el otro te pegan un tiro antes de que te haya dado tiempo a pensarlo.