Hay gente que es capaz de matar tranquilamente a su padre para disculpar su retraso a una cita. Hablo, por supuesto, de matar imaginariamente, de esa capacidad innata para improvisar internamientos urgentísimos y espectaculares intervenciones quirúrgicas que justifiquen una tardanza de veinte minutos. Hay por ahí gente que carece de escrúpulos para idear fulminantes embolias y providenciales roturas de cadera, para invocar marcapasos, torniquetes, amputaciones, sueros y ambulancias con naturalidad, accidentes automovilísticos, ferroviarios, aéreos y marítimos. «Llegué tarde porque mi padre estuvo a punto de ahogarse en la playa de Barrica. Tuvo suerte y lo sacó un socorrista del agua pero nos partió el día por la mitad y nos dio un susto de muerte».
Hay gente, sí, que no repara en gastos a la hora de cargarse a quien sea para justificar un retraso, un olvido, una ausencia, el incumplimiento de un compromiso adquirido. La excusa creativa -ésa que recurre a incendios forestales y terremotos de una docena de grados en la escala de Richter- es en realidad un acto de generosidad para el contrariado por la espera y para el defraudado por la incomparecencia. Es la manera en que determinados seres nos dicen que somos importantes para ellos y que si no llega a ser porque ha temblado el planeta y porque se ha decretado el estado de emergencia en todo el país y porque han degollado a toda su familia ellos habrían acudido puntuales y no nos habrían dado plantón o dejado con el culo al aire. Es la salida honrosilla que nos dejan para que les disculpemos: «Ah, bueno, eso ya es otra cosa. Si realmente has tenido que sortear un huracán y un tornado y enfrentarte a una banda de atracadores y dejar a tu esposa en medio de un quirófano y de una operación a vida o muerte y superar el degollamiento de todos tus seres queridos para por fin poder llegar con media hora de retraso, entonces te disculpo». En realidad la excusa es siempre un detalle obligado de elemental educación. Si no recurrimos a ella por mínima que sea ésta le estamos diciendo al otro que le hemos hecho esperar o que le hemos fallado porque no nos lo tomamos en serio y porque nos ha dado la gana. Lo inevitable, lo mínimamente exigible es la excusa de cortesía, ésa que apela a un atasco del tráfico o a una repentina indisposición fisiológica. Pero hay quienes tienen la deferencia de inventar algo más contundente, más convincente, más enjundioso, más imaginativo y creativo, como digo.
La excusa de cortesía debe apelar a la piedad del damnificado pero presentándonos como víctimas de un mal ligeramente mayor al suyo, de un contratiempo verosímil pero venial de tipo orgánico o técnico en el cual la sangre no llegue al río. «Me retrasé por un apagón, un cólico». La excusa creativa -la que apela a hecatombes y degollinas- añade un ingrediente de originalidad que suele ser eficaz. La perplejidad disuade de la comprobación.