Los que hemos vivido intensamente el tardofranquismo y hemos luchado por la instauración de una verdadera democracia en España estamos viviendo unos momentos de preocupación. Y es que a la implantación de bruscos cambios sociales, casi siempre innecesarios, le están siguiendo otros modos de convivencia y relación entre los españoles. La preocupación es justificada, con una política inmersa en un cambio acelerado de modos de relacionarnos, de articular el Estado y la convivencia de los españoles, que responde, además, a una concepción del hombre que no es tan aséptica como aparece, no es para menos. Tengo la sensación de que no vivimos bajo el imperio de los valores perennes sino del método sociológico, de la dictadura del relativismo que está abocada a convertirse en un instrumento a favor de quienes tienen el poder, y para la dominación de las conciencias desde ese mismo poder. También estamos asistiendo a la confrontación, en forma de diálogo, entre un laicismo que se pretende imponer desde las instancias del Gobierno y una cultura católica que está en el pueblo y en la base social. No hay duda de que esta desazón hace pensar en que algo grave está pasando, ¿Ojalá que cuando realmente nos demos cuenta no sea demasiado tarde!