«Los techos de la Diputación foral de Vizcaya son la gran obra de Anselmo Guinea, un trabajo que hace al mismo tiempo que trabajan también allí José Echenagusía y Álvaro Alcalá-Galiano, los tres elegidos para decorar el palacio; un proyecto al que habían optado también nada menos que Ignacio Zuloaga, Manuel Losada y Adolfo Guiard», refiere el historiador José María Arenaza, autor de la primera monografía que se conoce del eminente pintor bilbaíno de finales del XIX y maestro de numerosos artistas y profesionales de distinto orden.
Guinea moría el 10 de junio de 1906, a los 52 años. La sociedad bilbaína de la época lamentó como pocas veces la pérdida prematura de uno de sus hijos, catedrático de dibujo en la Escuela de Artes y Oficios de Atxuri -«entonces la mejor de España»- y un artista sensible, ilustrado y abierto que había llegado a una personal y renovadora síntesis pictórica.
Cien años después, el ámbito político y cultural de su tierra apenas le recuerda más que con la edición de esta primera biografía que se le dedica bajo el título de 'Anselmo Guinea: 1854-1906. Un pintor para la modernidad', en una modesta edición dentro de la colección Temas Vizcaínos, de la BBK.
Tradición y modernidad
Su desaparición fue muy sentida entre los artistas, a muchos de los cuales trató y contribuyó a formar, como es el caso del escultor Nemesio Mogrobejo, autor de las dos estatuas que flanquean la antigua entrada del Museo de Bilbao, al que guió a París; y también de su hijo Isidoro Guinea, que, como el padre, salió un dibujante excepcional.
Es el museo de la capital vizcaína el que mejor tiene representado a Anselmo Guinea, con un repertorio de dibujos y pinturas ('La tarantela', 'Gente: Un puente en Roma', retratos...) que denotan cómo en su obra confluyen tempranamente la tradición clásica, por momentos a la moda romántica y costumbrista, con la luminosa y moderna experiencia impresionista que encontró en París. Antes había pasado por Madrid, adonde va «ayudado por Manuel María de Gortázar», y también por Roma, donde conoce a Fortuny, que «le encamina a la Ciudad Luz».
«Pese a que era un pintor excelente basado en el dibujo, inicia un nuevo camino. arriesgándose. Sin duda, es un pintor para la modernidad, aunque a Guinea se le haya negado que sea un pintor moderno», considera Arenaza
Es con los cuadros «con lo que más se divierte», añade el estudioso, quien refiere cómo pinta también para la Diputación, en plena época de controversia por la pérdida de los Fueros, el lienzo 'Jaun Zuria jurando defender la independencia de Vizcaya' (1882), hoy en el Museo de Euskal Herria y con el que ganó una beca para ir a Roma. Arenaza cree que en esa obra «Guinea no se muestra»: «Pinta lo que sabía que gustaría al jurado. Ni en este cuadro ni en los techos del palacio foral se observa nada que haga pensar en una ideología partidista. Destaca el poder local, la justicia... Pero todo al margen de quién gobernara. Era alguien inteligente».