Las palabras no dan igual. Dan forma al mundo. Así terminaba Fernando Luis Chivite su último artículo de opinión. Hago mías sus palabras no sólo porque la opinión de uno coincide con la de otros, sino porque en el juego de la escritura y la lectura todos intervenimos en un inmenso texto que se responde a sí mismo, se contradice, se continúa sin cesar y se va cuajando de llamadas. Citar es una forma de escribir. Leer es también una forma de escribir. En este juego, los náufragos que somos dejan y encuentran mensajes que construyen la casa cultural que habitamos. Las palabras son de todos, pero el trabajo de las palabras puede ser muy diverso. Más allá de las palabras hay un mundo al que éstas se adaptan en mayor o menor medida. El mundo al que las palabras dan forma es en realidad una imagen del mundo. ¿Obviedades? Hace poco, un grupo de científicos ha demostrado, trabajando con ratones de laboratorio, que el cerebro no distingue entre 'realidad' y 'ficción' en el sentido de que no distingue entre un estímulo que proceda directamente del entorno y otro estímulo directamente provocado en la corteza cerebral. Traducido a la realidad humana, esto significa que el cerebro no puede distinguir entre una imagen del mundo que proceda del conocimiento de lo real y otra que pretenda encajar lo real en términos previamente concebidos sobre prejuicios, proyectos e intereses. Cualquiera que se haya criado en la era de los medios de comunicación de masas sabe o debería saber que, en cuanto se descuide, le pueden hacer creer cualquier cosa, y que nuestra visión está enmarcada en la fantástica monotonía de una pantalla que moldea la realidad y, sobre todo, la elude. La combinación de esos medios de comunicación y de proyectos totalitarios ha producido en el siglo XX experimentos masivos de reescritura de la Historia y de manipulación de la sociedad que generaron sufrimiento en dosis industriales (todavía Batasuna reserva uno de esos experimentos para Euskadi, una pequeña república totalitaria donde la realidad se defina por entero desde el poder; los hay irreductibles). Necesitamos, pues, tener muy claro de dónde procede el conocimiento. Y procede de la ciencia, donde no todo vale ni todas las opiniones valen lo mismo. Lo decía Jesús Ugalde el domingo en este periódico: «Lo mismo que si vamos en un avión no se elige al piloto por votación, la ciencia es elitista: el que sabe, sabe; el que no, no». ¿Y si aplicáramos este principio a la marcha y dirección de las sociedades? No quiero decir, por supuesto, que no se deba votar, sino que deberíamos votar al que sabe, cosa que habitualmente no hacemos. Entre Al Gore, que cita a Habbermas, y Bush, los americanos (es cierto que por escaso margen) eligieron a Bush. Al parecer, quedaba mejor en la tele.