Lo que ayer era blanco hoy es negro. Lo que ayer no convenía hoy es la mejor de las opciones. Si hace tan sólo unas semanas fusionar Arcelor y Mittal era como «mezclar el perfume con el agua de colonia» -así lo definió, al menos, el consejero delegado de la siderúrgica europea, Guy Dollé-, ahora la mixtura de ambas es un líquido cuyas características rayan la perfección. ¿Qué ha obrado el milagro para que cinco meses de batalla encarnizada entre los dos gigantes mundiales del acero se hayan transformado en matrimonio? Tan sólo un par de cuestiones, aunque trascendentes: que la compañía anglo-india ha aumentado en un 50% su oferta inicial -el precio de la operación ronda los 28.300 millones de euros, casi 4,7 billones de las antiguas pesetas- y ha accedido a que, al menos en los próximos tres años, los representantes de Arcelor tengan ciertos privilegios en la dirección del nuevo grupo, en la que ocuparán puestos clave. Mittal ha puesto así más dinero encima de la mesa y ha cedido en otros aspectos a cambio de asegurarse, a plazo fijo, el control definitivo de la empresa resultante. Luxemburgo también conservará la sede y el cuartel general de la sociedad.
Si al final se materializa esta integración -al ritmo que van los acontecimientos, nadie lo da aún por seguro, ya que tiene que afrontar la junta de accionistas de Arcelor, que se pronunciará también sobre la ahora aparcada unión con la rusa Severstal-, el nuevo gigante mundial del acero tendrá en su accionariado una mayoría de inversores actuales de la firma europea. A ellos corresponderá el 50,5% del capital; y el 49,5%, a Mittal. Un resultado curioso, ya que es el consorcio anglo-indio el que lanza la OPA. La familia Mittal controlará, de entrada, un 43,6% -el 5,9% restante estará en manos socios suyos-, lo que a medio plazo le permitirá asumir las máximas responsabilidades. Cada título de Arcelor ha sido valorado en 40,4 euros, frente a los 37,74 de la última propuesta. Ayer cerraron a 37,66 en la Bolsa de Madrid tras avanzar un 7,14%.
Tres años de transición
Joseph Kinsch, presidente de esta compañía, defendió la actitud que ha mantenido desde que su principal rival, y ahora aliado, presentó una oferta hostil a finales de enero. «Nos opusimos porque creíamos que no era adecuada para nuestros accionistas y también porque no se daban las condiciones necesarias sobre el gobierno corporativo», señaló. Tras cinco meses de 'batalla' -explicó- ha sido posible un acuerdo porque Mittal ha elevado en un 50% su propuesta y porque ha aceptado un esquema de poder por el que no será mayoritario en el grupo. Al menos, algún tiempo.
Durante un periodo transitorio de tres años, Mittal se autolimitará en varios aspectos. El primero es no sobrepasar un porcentaje del 45% de las acciones mediante compras de títulos en Bolsa. También su representación directa en el consejo de administración estará reducida a tres de los 18 miembros y a proponer a otros tres independientes. El consejero delegado será elegido por consenso a propuesta de Arcelor. Además, la empresa anglo-india sólo controlará tres de los siete puestos del consejo de dirección, el órgano ejecutivo encargado de gestionar el día a día de la compañía.
Finalizado ese plazo, ya con Lakshmi Mittal como presidente único -compartirá el cargo con Kinsch casi dos años, hasta que éste se jubile-, el magnate tomará las riendas de la que será el primer grupo siderúrgico mundial. Su producción anual ronda, hoy por hoy, los 116 millones de toneladas -el triple que su competidor más directo, el japonés Nippon Steel-, sus ventas se elevan a 62.000 millones de euros y tiene 320.000 trabajadores en plantilla.
Ambas empresas han garantizado que no habrá procesos de restructuración en Europa, aunque quizá sí sea necesario desprenderse de algunas instalaciones para evitar concentraciones de mercado excesivas. Estos detalles deberán ser negociados por el consejo con las autoridades de la competencia. Sin embargo, la fusión ya tiene su primera víctima. Guy Dollé, consejero delegado de Arcelor, el hombre que con más empeño ha luchado durante cinco meses para evitar la entrada de Mittal, ya ha anunciado su deseo de abandonar el cargo. No será, por tanto, el primer ejecutivo de la naciente Arcelor-Mittal, nombre que tendrá el futuro consorcio.
El futuro de Dofasco
Existen, sin embargo, algunos otros nubarrones en el firmamento del nuevo gigante. En especial, la discrepancia que existe sobre el futuro de Dofasco, una flamente firma canadiense que Arcelor acaba de adquirir y que considera una de las 'joyas de la corona'. Los europeos no están dispuestos a prescindir de ella y Mittal, sin embargo, cree que es necesario. Primero porque así se lo han indicado las autoridades de competencia norteamericanas para evitar una excesiva cuota de mercado en ese continente. Segundo, porque tenía un acuerdo firme con Thyssen para venderle esta empresa en el caso de que triunfase, como parece que va a conseguir, su OPA sobre Arcelor. Lakshmi Mittal y Joseph Kinsch dejaron ayer constancia pública del desacuerdo que, sin embargo, puede tener una solución secreta. Todo parece indicar que el consejo va a ofrecer a las autoridades norteamericanas la venta de otras instalaciones menos estratégicas que Dofasco y que con Thyssen se negociará una indemnización o, en el peor de los casos, se dejará que sean los tribunales los que resuelvan la cuestión.
Mittal va a pedir a las autoridades bursátiles una nueva prórroga para modificar formalmente las condiciones de la oferta, si bien se espera que a mediados de julio los accionistas de Arcelor puedan decidir qué hacen con sus títulos y si aceptan la propuesta de la anglo-india.