El malestar que ya había expresado la Casa Blanca y el vice presi- dente, Dick Cheney, por la publicación del espionaje bancario que realiza el Gobierno de Estados Unidos se transformó ayer en ira en boca de George W. Bush. El presidente contuvo sus palabras, pero el tono de su voz y la tensión de su rostro evidenciaban que éste no era un desacuerdo cualquiera.
«Es una verguenza», sentenció. «Si quieres averiguar qué es lo que hacen los terroristas intentas seguir su dinero, y eso es exactamente lo que hacemos», dijo alterado. «Y el hecho de que hay gente que lo filtre y un periódico que lo publique es hace más difícil la guerra contra el terrorismo». Dio las gracias bruscamente y puso punto final al encuentro con la prensa.
La decisión de publicar los detalles sobre los acuerdos secretos con una cooperativa bancaria de Bélgica que ha permitido a la Administración Bush rastrear todas las transferencias bancarias internacionales había sido sopesada cuidadosamente por 'The New York Times', que publicó la noticia el pasado viernes después de sostener al respecto un tira y afloja con la Casa Blanca. En el mismo artículo, el rotativo defendía la publicación por haber considerado que era de interés público.
El domingo su director explicaba de nuevo la decisión. «Creemos que el 'Times' y otros periódicos han servido al interés público al informar fidedignamente sobre estos programas para que el público pueda tener una visión informada sobre los mismos», escribió Bill Keller en las cartas a los lectores que aparecen en la página de Internet del rotativo.
Dudas legales
«La mayoría de los estadounidenses parece defender el uso de medidas extraordinarias para defenderse de amenazas extraordinarias, pero algunos altos funcionarios involucrados en estos programas han contado al 'Times' su desazón (dudas) sobre la legalidad de las acciones del Gobierno y sobre una adecuada supervisión».
No era la primera vez que el diario neoyorquino se ganaba la antipatía de la Casa Blanca. 'The New York Times' es responsable también por revelar la existencia de escuchas telefónicas sin orden judicial, lo que le valió un premio Pulitzer. Desde la primera campaña de Bush, el vicepresidente, Dick Cheney, había mostrado su antipatía por el rotativo, cuando un micrófono abierto capturó los comentarios ofensivos que hacía al entonces candidato sobre un periodista de este diario que en ese momento se sentaba frente ellos. Más adelante, ya como vicepresidente, Cheney llegó a negar al periódico un asiento en su avión oficial.