Las cartas que Miguel de Unamuno y Joan Maragall se escribieron son dignas de ser leídas. En 1902, el vasco le decía al catalán que era el único poeta español vivo a quien leía con verdadero gusto y provecho, así como que «usted es de los catalanes que conozco el que se coloca siempre en la posición más real y más sensata». Aquel año, Unamuno -espejo de intelectuales libres, a pesar de sus contradicciones- alababa en un artículo la singular educación cívica de las masas barcelonesas, cuya ciudad «odia la matonería» y donde «los delitos de sangre son raros». Señalaba asimismo que «la jactancia de mis paisanos los bilbaínos se acerca al orgullo, y la de los barceloneses a la vanidad». Éstos, demasiado preocupados por lo que de ellos opinen los forasteros, son, decía Unamuno, fácil presa de las adulaciones interesadas: «¿Ay, barceloneses, barceloneses, siempre seréis unos niños!». Y de remate agregaba que se trataba del «pueblo en que más he visto a los hombres repudiar los caminos del 'conócete a ti mismo' colectivo». Yo no sé si era para tanto, pero hoy nos podemos admirar sobremanera de su inusitada espontaneidad, en absoluto partidista. Unamuno, además, se expresaba igual en privado que en público.
Tiempo después, hace ahora un siglo, exclamaba a su amigo: «¿Cuántas cualidades buenas, buenísimas, deslustradas por esa petulancia jactanciosa y ese ensimismamiento!». Su crítica no era restringida; en 1907, le decía al que consideraba hermano del alma, «mire lo que son las cosas. Aquí (en Madrid) me tachan de mal español, de extranjerizado», pero español hasta los tuétanos avisaba: «Me he de hartar de llamar a este pueblo ramplón y ñoño». En 1911, el año en que Maragall murió con 51 años de edad, Unamuno le escribía: «Hoy tengo ahí, en esa Barcelona con la que alguna vez fui acaso un si es no es despiadado y tal vez algo injusto, mejores y más verdaderos amigos que en Madrid. Y ahí hasta los que me combaten lo hacen humanamente, con respeto. Debo tanto a esa ciudad ! En todos sentidos. Me ha hecho pensar, sentir, alguna vez aborrecer, muchas más querer». El autor de 'Paz en la guerra' le confesó a la viuda del poeta: «No podré olvidarle nunca porque él me ha ayudado a ser mejor que sin haberle conocido sería». ¿De quiénes podríamos decir eso en nuestra vida?