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Miércoles, 28 de junio de 2006
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CULTURA
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El dolor convertido en arte
Alfonso Carlos Saiz Valdivielso recupera la figura de «un gran escultor bilbaíno», Nemesio Mogrobejo, que imprimió fuerza y tragedia a sus obras
El dolor convertido en arte
Saiz Valdivielso presentó ayer su obra en Bilbao. / FERNANDO GÓMEZ
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Nemesio Mogrobejo (1875-1910) nació en las Calzadas de Mallona, de Bilbao, escenario de sus juegos de infancia. La alegría le duró poco, ya que, cuando tenía sólo once años su madre murió, lo que dejó huérfanos a él y a varios hermanos. En los estudios tampoco tuvo éxito; los descuidaba para dibujar y tallar figuritas de madera. Esa vocación artística le llevó a ingresar en la Escuela de Artes y Oficios.

Así comienza la vida de «uno de los más grandes escultores bilbaínos» olvidados por su tierra. Una memoria que trata de recuperar la Fundación Bilbao 700 con un libro que «reivindica la figura de este artista». Bajo el título 'Nemesio de Mogrobejo. La escultura en carne mortal', su autor, Alfonso Carlos Saiz Valdivielso, ha concentrado en este «ensayo biógrafico» la vida y obra de este artista.

Una beca concedida por la Diputación de Vizcaya lleva a Mogrobejo hasta París, donde conoce al amor de su vida: una bella austriaca, de Graz, llamada Paula Scheneck. La felicidad del matrimonio, que tiene un hijo, se trunca apenas dos años más tarde con la repentina muerte de Paula. Un trágico suceso que «supuso un tajo vital en su obra que refleja la fuerza desesperada y melancólica».

Fruto de esa crisis pasional esculpe la lápida para la tumba de su amada, que expone en Viena en 1899. El éxito cosechado con esta creación le permite conocer a Rodin en 1900, quien le revela los secretos del modelado. «Supone un punto de inflexión en su carrera». El clasicismo que coserva y su espíritu moderno lo va a imprimir en obras como Hero y Leandro, Risveglio y el busto de Anselmo Guinea y Eva. En Florencia comienza la escultura inconclusa La muerte de Orfeo, que vaticina la suya propia. En Graz se 'reúne' con su esposa al morir de una doble tuberculosis a los 35 años.

Tras su muerte, su amigo Miguel de Unamuno le homenajeó con una definición: «Ahí tenés la carne, la carne del dolor, pero también del placer, perpetuada en bronce y mármol, después de palpitar en barro...». «¿Dónde hubiera llegado de vivir más?», se pregunta su biógrafo.



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