«Está jodido, muy jodido. Trata de poner buena cara, pero se nota que está muy afectado. A veces se le ve mejor y otras, muy afectado por todo esto». El entorno de Manolo Saiz lleva semanas viendo esa lucha interior. En la pasada Euskal Bizikleta, se acercó hasta el hotel que ocupaban sus corredores y, según comentaron los ciclistas, les transmitió «tranquilidad». Seguía siendo su guía. Ya se había desatado la 'Operación Puerto', aunque aún no se habían filtrado retazos del sumario judicial; todavía no se conocía su confesión ante el juez. De su boca, según los investigadores, salieron los nombres de Heras, Nozal, Vicioso y Serrano como clientes de la red de dopaje supuestamente dirigida por el médico Eufemiano Fuentes.
Desde que abandonó el calabozo, Saiz se ha refugiado en su casa de Torrelavega. Al calor de los suyos. Él es la historia en carne de su equipo y ha tratado de salvarlo. Subió a un avión y viajó a Astaná la capital de Kazajistán, para cubrir con un nuevo patrocinador la baja de Liberty, la aseguradora espantada por la sombra del dopaje. Allí halló un tesoro, un tronco para el náufrago. Pero la filtración capitular del sumario le ha tumbado. «Ya es muy difícil que levante la cabeza». Está marcado. El estigma del maldito. Hoy es difícil encontrar en el pelotón amigos de Saiz. Es éste un gremio 'cainita'.
«Está al margen»
Cuando aún está en el aire la participación del Astaná en el Tour, hay algo seguro: Saiz no irá. «Aunque la gente no se lo crea, Manolo está al margen. Apenas tenemos comunicación con él», comentan desde el equipo. Apartado de la responsabilidad técnica de la escuadra a petición de la Asociación Internacional de Grupos Deportivos y lejos ya del que fue su proyecto vital. A mediados de los ochenta, Saiz, recién licenciado en Educación Física, viajó en moto, de paquete, desde Torrelavega hasta Soria. Buscaba un hueco como técnico en la Federación española. Lo ganó.
En 1987 logró que la selección se aupara al bronce en la contrarreloj por equipos de los Juegos del Mediterráneo. Aprendió nuevos métodos durante una estancia en Florida y, con Pablo Antón, convenció a la ONCE para edificar un equipo. Nuevo, moderno, revolucionario. Lo fue. «El dopaje es el recurso de los mediocres», defendía. Creó un espíritu solidario, una familia, aunque siempre regentó el papel de padre. Con cierto tinte autoritario. Luego, ya en el nuevo siglo, promovió la creación del UCI Pro Tour, la liga que iba a sanear el ciclismo. El sumario de la 'Operación Puerto' dice que no lo consiguió. Que ni siquiera lo intentó; que sucumbió al lado oscuro. Ahora está al margen. Hundido.