En vísperas del comienzo del Tour, la principal prueba ciclista del año se ha visto salpicada por el escándalo de dopaje descubierto por la Guardia Civil el mes pasado, cuyas ramificaciones, particularmente dañinas en España, se extienden también a deportistas de otros países. Tras las detenciones practicadas en el marco de la 'operación Puerto', en la que se señala a los directivos deportivos José Ignacio Labarta y Manolo Saiz como clientes de los costosos 'tratamientos' -en torno a los 40.000 euros anuales- de los doctores Fuentes y Merino, la organización del Tour ha dejado fuera a los equipos gestionados por Labarta y Saiz: el Comunidad Valenciana y el Astaná-Wurth, hasta hace poco Liberty Seguros, que ha recurrido la decisión. Pero la sombra del dopaje organizado desde España no termina ahí, pues incluso la participación del alemán Ullrich en la carrera francesa está en duda por el sumario abierto, sin descartar implicaciones de participantes en el Giro o de deportistas de otras disciplinas. Y nada hay que objetar a la tolerancia cero con quienes organizan o provocan el fraude en el deporte mediante las transfusiones de sangre manipulada, como hacía esta red, que además facilitaba el consumo de sustancias prohibidas y tan peligrosas para el propio deportista como anabolizantes, hormonas de crecimiento y EPO.
Si hace unos años el Tour y el Giro fueron salpicados por el escándalo, ahora le ha tocado a España, pero con una dosis superior de amargura, pues no se trata de una vulneración del juego limpio por parte de unos cuantos corredores sin escrúpulos pero aislados, sino de una auténtica red organizada con una influencia, muy probablemente, extendida a otros ámbitos deportivos. Es indudable que estos sucesos van a abocar al ciclismo español a una dura y necesaria catarsis, pero este desastre deportivo puede superarse con dignidad haciendo valer la honradez y capacidad de sacrificio de la mayoría de los corredores. Por ello no son muy afortunadas, ni entendibles, reacciones como la de la Asociación de Ciclistas que el pasado fin de semana se negó a celebrar el Campeonato de España, en un gesto contradictorio de quienes dicen sentirse víctimas de una acusación generalizada y, a la vez, pretenden comprometerse a erradicar cualquier rastro de dopaje. El ciclismo como deporte, sus profesionales y, sobre todo, su afición merecen el rápido esclarecimiento de los hechos y que se aparte del mismo a quienes no merecen estar ahí. Después, queda el tremendo esfuerzo de convencer de que en el deporte profesional es importante ganar, pero no al precio de acabar con el verdadero espíritu de la competición y poner en riesgo la salud de sus participantes.