Desde el otro lado de la ventanilla, los empleados de Hacienda viven la campaña de la renta como un maratón. En el pabellón número 4 de la antigua Feria se suceden las citas, los cafés de máquina y también las anécdotas. Incluso hay sitio para el romanticismo. A un matrimonio que siempre ha hecho la declaración conjunta le dijeron que le conviene más presentarla por separado, pero el marido se negó en redondo. «Le sonaba mal», comenta Juan José Zamarripa, el responsable de la campaña.
Este año le ha llamado la atención la presencia de «gran cantidad de inmigrantes» entre los contribuyentes. «Sobre todo sudamericanos y africanos, también de países del Este. Hemos visto un montón de justificantes de nacimiento de Jordania, Marruecos, Perú...». Ninguno ha tenido problemas con el idioma porque llevan bastante tiempo en Vizcaya. También se ha atendido a un matrimonio formado por un francés y una norteamericana «que han venido aquí por su trabajo».
La campaña a veces es cosmopolita y, a veces, pintoresca. Como cuando entró en el pabellón un surfista «con todo el equipaje, hasta la tabla» o una patinadora que se deslizaba por los pasillos. Más habitual es ver cochecitos de niño, ya que muchos acompañan a sus padres.
Siempre hay alguien que intenta pagar con un billete de cinco euros a los liquidadores, pero también hay gente «que no sale contenta». Sobre todo al final, cuando llegan declaraciones «de rebote», especialmente complicadas, y «tenemos que decirles que aquí no podemos hacerlas». Los empleados se han despedido con un lunch y cierta nostalgia del pabellón de la Feria que durante once años ha sido la meca de los contribuyentes.