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Domingo, 2 de julio de 2006
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Mujeres de cuidado
En Bilbao, durante buena parte de su historia, hubo dos oficios que se hicieron femeninos a fuerza de costumbre: el de sardinera y el de carguera
Mujeres de cuidado
DE POSTAL. Típica imagen de las sardineras de Santurtzi. / EL CORREO
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«Las sardineras de Santurce no venían ya desde Santurce a pie», recordaba Indalecio Prieto al referirse al Bilbao de finales del siglo XIX. «Iban a pie -proseguía-, solamente de Santurce a Portugalete porque existiendo el ferrocarril, proyecto también de don Pablo Alzola, lo utilizaban para trasladarse a Bilbao, viajando con sus banastas tan originales y amplias en el furgón de los trenes». Este cambio de costumbres, además de la peste que seguramente provocaba en los vagones, hizo que la romántica figura de la sardinera -la de la canción- se quedase progresivamente en el recuerdo. Fue a partir de ese momento en el que se creó una imagen idílica y pintoresca de aquella mujer vendedora de sardinas. De hacer caso al testimonio del escritor Julián Arbulo, esas mujeres no se distanciaban mucho de la descripción que con el tiempo ha quedado de ellas. Su indumentaria se componía de un ajustado corpiño, un pañuelo en la cabeza, falda corta y los pies descalzos tanto en verano como en invierno. Queda fuera de toda discusión el hecho de que, tras surtirse de sardinas en el puerto de Santurtzi, todas se ponían en camino, antes del amanecer, dirección Bilbao. Y, aunque parezca mentira, llegaban a la hora del mercado.

Divertido regateo

«Un pedazo de pan moreno y una copa de aguardiente, que tomaban al paso, en cualquier taberna de Bilbao, constituía su almuerzo». Para comer, en cambio, exigían más sustancia. Una porrusalda, un buen plato de «bacallao» en salsa o un guisado de carne con patatas más pan y un generoso vaso de vino tinto, eran parte del menú diario de dichas mujeres. No extraña que con semejante alimento fueran erguidas y airosas. Su faena, una vez en Bilbao, consistía en ir por las calles y pregonar su género al grito de: «¿Sardiña, frecuá!». Desde las ventanas y balcones se contestaba al reclamo y se las preguntaba por el precio. Era entonces cuando vendedora y compradora entablaban un divertido regateo, de la ventana a la calle y viceversa, hasta que llegaban a un acuerdo.

A continuación bajaba la clienta y, cuidadosamente, elegía la docena o docenas a cambio del precio pactado. Normalmente, no tardaba en formarse alrededor de la vendedora un numeroso grupo de mujeres que animadas por el género y el precio, daban buena cuenta de la mercancía. Esta operación se repetía en cada una de las calles en las que la sardinera lanzaba su acostumbrado grito. Una vez había vendido todas las sardinas, realizaba una parada de descanso en la taberna, se tomaba medio vaso de vino o chacolí y vuelta a casa.

Aquella mujer de postal y recuerdo, era honrada y muy trabajadora. Se ganaba la vida en un «ida y vuelta» a Bilbao, vender sardinas por sus calles y, ya en su pueblo, arreglar y componer los aparejos de pesca. Pero entre el ferrocarril y el tranvía eléctrico cambiaron bastantes cosas que, seguramente, gustaron mucho a las sardineras, aunque no a los amantes de la tradición que, por si ellos fuera, aquellas aún habrían de dejarse la planta de los pies en el camino a la Villa. Ellas no pensaban los mismo. Gracias al progreso, dejaron de madrugar y, además, aumentaron la oferta. Ya no vendían sólo sardinas, sino también besugo, merluza, calamares, angulas, mubles, chicharros, etc. Esto hizo que su grito de reclamo cambiase y se transformase en un: «¿Lebatz frescu ederra!». También es verdad que, con el paso de los años, muchas de las llamadas sardineras no eran de Santurtzi, sino de Bilbao. Nadie es perfecto.

La sardinera era un tipo de mujer con remango y descaro en la que la belleza, o en su defecto, la virtud de resultona, era una característica propia, indiscutible. Sin embargo -y de esto habría que echar la culpa a cierto viajero del cual es mejor no decir el nombre-, existió otro tipo de mujer trabajadora de la que se destacó su cuello. Y no por fino y delicado, sino por su parecido con el de un toro. Esto se dijo de uno de los tipos de mujer más puramente bilbaínos de toda la historia: la carguera. También es verdad que muchas de ellas no eran ni de Bilbao, ni de la provincia, ya que pasaba lo mismo que con los trabajos en las minas o en la industria, es decir, que buena parte de la mano de obra venía del exterior. Se les llamaba cargueras o descargadoras y, por lo general, no eran ni jóvenes, ni viejas, ni guapas, ni feas... Más bien eran un poco de todo.

Camorristas y burlonas

En lo relativo a sus virtudes, éstas eran tantas como sus defectos. Eran buenas esposas, madres cariñosas y atentas, trabajadoras, ahorradoras, sobrias y solidarias. Completando este enternecedor cuadro estaba su otro lado. Es decir, que también eran «hombrunas, quisquillosas, lenguaraces, camorristas, burlonas, de lenguaje bastante libre, si no es ya desvergonzado, y aficionadas, sin esceso, al chupis» que es como se llamaba al tinto y blanco. También se aplicaban al aguardiente. Una de las cosas que más gustaba de ellas era verlas a todas juntas reunidas en el Arenal. A ninguna le faltaba gracia ni ocurrencias para poner en evidencia «al más pintado», ya que «son inaccesibles á las seducciones, y tienen en la boca pronta la contestación á cualquier pulla ó alusión intencionada ó malévola de quien pretenda tantearlas ó burlarse de ellas».

Su trabajo principal consistía en descargar los barcos que llegaban repletos de carbón, bacalao, maderas y telas. Tenían fama de hacer ese trabajo mejor y más rápido que los hombres. Cobraban menos y apenas armaban escándalo. Toda una ventaja vergonzante para quien las contrataba. Cuando no había buques que descargar, acudían a la estación del tren y se ofrecían a llevar los equipajes, fardos, maletas y diversos tipos de mercancías, cosa que no les parecía muy bien a los maleteros que, pese a lo que pudieran decir en su defensa eran, frente a las cargueras, «mucho más tumbones, menos diligentes y más descontentadizos». Características evidentes para muchos, ya que estos últimos eran hombres.



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