Por lo menos, no trata de ocultarlo. Lo tiene escrito en el maletero: 'Llevo al diablo dentro', leí el otro día, cuando me adelantó a una velocidad ciertamente endiablada. Es uno de los miles de coches que andan -vuelan- sueltos por las carreteras, poseídos por unos deseos irrefrenables de llegar. En teoría, van al trabajo, a la playa, al supermercado; en la práctica, no pocas veces, a un infierno donde se purga en silla de ruedas o con lágrimas perennes el pecado de burlarse del Código de Circulación.
Para que lo tomemos en serio y frenar en seco las cifras de accidentes, estrenamos el sábado el carné por puntos. No te los dan como en un examen por saber, por ejemplo, que pasando en curva a un camión no se adelanta nada. El nuevo permiso funciona como la presunción de inocencia -todo conductor se sabe las señales mientras no demuestre lo contrario- y desde la patética constatación de que da más miedo perder la licencia que las piernas.
¿Qué poco estimamos la vida! O es que, como dice nuestro concurso, la bolsa es la vida. Pero conducir, aunque tenga reglas y penalizaciones, no es ningún juego. Es tan serio como que mañana quizá yo no escriba, o tú no leas, esta columna.