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Lunes, 3 de julio de 2006
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DEPORTES
CICLISMO
Sangre de verdad sobre el Tour
El francés Casper ganó un sprint marcado por el corte que Hushovd se hizo en el brazo tras impactar contra un cartel
Sangre de verdad sobre el Tour
FINAL. Jimmy Casper muestra su alegría nada más cruzar la línea de meta en la primera etapa. / EFE
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Más sangre sobre el Tour, pero de la buena.

Sprint significa codicia por un metro. Los velocistas saben que hay que llegar hasta el borde. Allí les aguarda un cuchillo que se sostiene al aire, en forma de valla. Un ventilador afilado. El público, ávido, se estira sobre ese balcón metálico. Saca una cámara que golpea sobre el hombro derecho de Boonen. El impacto ocupa la cara del belga, el favorito que se duele. De la valla brota entonces una mano verde, enorme, de coloso. Es un cartón con publicidad de PMU, la firma de apuestas de caballos. Al trote. Apenas un papel. Pero a casi setenta kilómetros por hora, se vuelve un bisturí. Taja el brazo derecho de Hushovd. Cinco centímetros de corte. Una fuente roja. Freire, al lado, se baña en ese surtidor. Por el centro, ajeno a ese borde con filo, aparece un ciclista al acecho, el pequeño Casper, un francés con arquitectura de nudo: chiquito, apretado, duro. Nota que una ráfaga de viento barre la meta, que frena. Ve a todos de rojo y a Boonen lento, parado a 500 metros de la pancarta. Eso es un abismo en un sprint. «Pasarle me dio moral, me entusiasmé». Y gana su primera etapa en el Tour. Una carrera de sorpresas. Y de sangre. Fresca; no embolsada. Por fin.

Freire venía de la guerra. Con el rostro, las gafas, los brazos y el maillot pespunteados de gotas rojas. La sangre que Hushovd comenzó a perder a 150 metros de la meta, cuando la uña de cartón de PMU le abrió la piel. «Iba bien, en el punto exacto. Para arrancar ya. Pero con el corte, Hushovd se ha frenado y no he podido hacer nada», relató el cántabro, chasqueado por ser sólo décimo. Cerca, un charco de color burdeos coloreaba el asfalto. Al noruego, que hoy podrá salir, le apretaban el brazo para tapar la hemorragia. Un baño rojo sobre el piso de Estrasburgo, una ciudad con historia de trinchera, ocupada a las armas por germanos, hunos, vándalos y alemanes. Un lugar donde levantaron una catedral de gres rojiza y con sólo una torre. La catedral manca. Como Hushovd ayer. Ésta es tierra de mil batallas. Hay muchos ecos guerreros. Aquí, en 1792, el capitán Rouget de Lisle compuso el canto de guerra de la armada del Rhin. Lo llamó 'La Marsellesa', luego convertido en el himno francés. Ayer, mientras un noruego, un belga y un cántabro se bañaban en sangre, izaba los brazos un francés, Casper. Era su guerra.

Etxebarria se reivindica

Hay otras en este Tour. La de Unai Etxebarria, por ejemplo. Ciclista honesto. El corazón le latía a puñetazos desde que, injustamente, le relacionaron con la lista de la 'Operación Puerto'. Nunca estuvo ahí. Siempre ha estado en el asfalto. Aprovechó la primera etapa de esta vuelta para gritar su inocencia a pedales y durante 160 kilómetros. A su manera. Generosa. Colocó su dorsal en la fuga del día, junto a Augé, Sprick, Vaugrenard, Portal, Wegmann y Beneteau, y buscó sin éxito el maillot de la montaña. Quería un podio para saludar desde arriba a los suyos, dolidos por ver a su hijo, marido o padre en una polémica de la que nada sabe. No pudo enviarles ese premio. Pero en el aire de Alsacia quedó grabado su aliento. Limpio. Le preguntaron por esa rabia y evitó la revancha. No le cuadra. «Vamos a hablar de ciclismo. De lo otro sólo hay que hablar cuando hay que hablar», zanjó junto al Rhin.

Y allí, en esa orilla, también permanece el rostro de Armstrong. Hoy lo porta George Hincapie, su amigo y discípulo. Antes gregario del siete veces ganador de la ronda gala y ahora líder de todos. Buscó su botín en las bonificaciones de un sprint intermedio -dos segundos- y recobró para el Discovery un maillot, el amarillo, que es suyo desde 1999. Hablan los pronósticos para el podio final de Landis, de Valverde, de Menchov..., y del Discovery. Engloban a Savoldelli, Popovych, Azevedo e Hincapié. Tal es la fuerza de la estela de Armstrong. «Somos cuatro líderes. Ya decidirá la contrarreloj y los Pirineos», dijo Hincapie, la cara amable de Armstrong.

El reverso de su antiguo maestro. George es hijo de emigrantes colombianos, un chico de Queens, de Nueva York, crecido entre revistas de ciclismo, la afición de su padre. Hijo de una familia unida y ciclista. Nada que ver con el huérfano Armstrong, que llegó desde la natación a este deporte. Hincapie, al contrario que su ex líder, está hecho a Europa: vive en Girona y está casado con Melanie, una azafata francesa del Tour. Su hija, como resumen de su flechazo con Francia, se llama Julia Paris. Y ahí, a esa ciudad, quiere llegar el primero. En eso coincide con Armstrong. De momento, ya es líder. El día en que todos se cubrieron con el rojo de la sangre, él se vistió de amarillo. Una señal.



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