En la subasta por este Tour de segunda mano se esperaba a la nueva generación de compradores. Pero nadie pujó por la contrarreloj como el viejo Honchar. «Me llamo Gonchar», aclaró. No le va la modernidad. La informática le rebautizó al tramitar su pasaporte. Le impuso una 'h' de la que él reniega. El nuevo mundo de la energía le truncó la infancia y la metió en la nube desprendida de las tripas nucleares de Chernobyl, allá en su Ucrania. La tecnología le rodeó de rivales aerodinámicos, de pedalada volátil, grácil. De danzarines. Él, en cambio, se mantuvo fiel a la antigua escuela soviética: masticando pedales, atornillándolos, a riñonazos. Sus piernas son un mapa de músculos. Al final de la temporada pasada, ya con 35 años, le fichó el T Mobile. Ya era viejo: resignado a ser otro ciclista, un gregario, distinto a aquel joven ucraniano que compartía selección soviética con Berzin y Tonkov. Un veterano de guerra. Ayer, el Tour se puso de cara al cristal del reloj. Y a través de ese espejo hizo un viaje en el tiempo. Hacia el ciclismo impredecible, el de las sorpresas, el anterior a Armstrong o Induráin. De allá lejos regresó Gonchar, con 'G', con su viejo apellido. Un líder del pasado para este Tour que ayer quedó en puntos suspensivos.